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Juana es una mujer poco conocida, pero que tuvo el privilegio de vivir para servirle al Señor Jesús, en los tiempos de su ministerio en la tierra.

Ella hace parte de la lista de quienes habla Lucas 8:1-3: Poco después, Jesús comenzó un recorrido por las ciudades y aldeas cercanas, predicando y anunciando la Buena Noticia acerca del reino de Dios. Llevó consigo a sus doce discípulos,  junto con algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y enfermedades. Entre ellas estaban María Magdalena, de quien él había expulsado siete demonios; Juana, la esposa de Chuza, administrador de Herodes; Susana; y muchas otras que contribuían con sus propios recursos al sostén de Jesús y sus discípulos. 

Tal vez para María Magdalena,  para Susana o para cualquier otra mujer, estar al servicio de Cristo y seguirle a donde iba, era una tarea que podían desarrollar sin mayor contratiempo, pero Juana era la esposa del administrador de quien gobernaba en ese momento, un hombre absolutamente contrario a la enseñanza de Jesús.

Ella, fue sanada no sabemos a ciencia cierta si de una enfermedad física, mental o si fue liberada de espíritus malignos, lo que la biblia nos aclara, es que ese hecho le transformó la vida y la convirtió en una de las patrocinadoras de la expansión del evangelio poniendo al servicio de Jesús y de sus discípulos, sus propios recursos.

Juana guardó su fé a sabiendas que su marido podía perder el trabajo y la posición económica que le representaba, por hacerse parte de lo que el jefe de su esposo consideraba una “banda de alborotadores”.

Sin embargo, Juana estuvo dispuesta a darlo todo para que Su sanador se sintiera bien servido.  

Ella entendió que no había riqueza mayor que poder poner a disposición del Señor todo lo que tenía a Su mano, pues el hecho de saberse parte del reino de los cielos era su mayor tesoro.

La posición social de Juana le permitía no sólo hablarle a su esposo acerca de Jesús, sino convertirse en una voz de aliento en el propio palacio.

Era parte del selecto grupo de personas que recibían de primera mano las enseñanzas del Maestro.

Juana estuvo en los momentos cruciales del ministerio de Jesús. No solo puso sus recursos y su tiempo al servicio decidido al Señor.

Ella estuvo llorando desconsolada mientras observaba cómo pendía el cuerpo de su amado Señor colgado de una cruz.  

Pero también estuvo en el momento en que su cuerpo fue preparado para el sepulcro y con total devoción y respeto, puso sobre él los ungüentos y especias aromáticas para envolverlo en lienzos y dejarlo en la tumba.

Su pena tuvo que ser inmensa, los ojos que la miraron con compasión ahora eran irreconocibles en medio de la inflamación, las manos que le recibieron los alimentos ahora estaban traspasadas con heridas que dejaban ver el otro lado. Juana vivió la alegría de la compañía de Jesús, pero también el dolor de la pérdida.

La biblia la sitúa también como testigo junto a María y María Magdalena, en el momento glorioso de la resurrección de Cristo.

Su testimonio fue oído por los discípulos y su corazón transformó automáticamente su gran pena en una dicha que seguramente la acompañó hasta la muerte.

Juana fue una mujer agradecida que decidió corresponder al milagro de su sanidad con una vida de consagración completa al ser que le devolvió la salud.

Cuza, su marido posiblemente se convirtió en un seguidor también, viendo el ejemplo de ella, pues Dios dice que la mujer santifica a su marido a través de su fé en el Señor.

1 Corintios 7:14 aclara: Porque el esposo que no cree en Cristo puede ser aceptado por Dios, si está unido a una mujer cristiana. Del mismo modo, una esposa que no cree en Cristo puede ser aceptada por Dios, si está unida a un hombre que sí cree en Cristo. Además, los hijos de ellos serán aceptados por Dios como parte de su pueblo, y Dios no los rechazará como si fueran algo sucio.

La vida de ella nos deja muchas lecciones valiosas a tener en cuenta:

La primera que un corazón agradecido siempre está dispuesto a corresponder generosamente lo recibido.

La segunda que no hay ninguna riqueza que supere el hallar a Cristo

La tercera que no tenemos absolutamente nada que no hayamos recibido y por tanto, intentar retenerlo puede ocupar nuestras manos de manera que nos perdamos de recibir lo que es verdaderamente valioso.

La cuarta, que no importa si seguir a Cristo nos cuesta la posición social, o se nos va el tiempo y los recursos en ello. Vinimos a esta tierra para servir y como servidores seremos recompensados aquí y en la eternidad.

La quinta y última lección que Juana nos deja, es que ella, que padeció en su cuerpo la limitación de la enfermedad y en su alma el dolor de hallarse perdida, puso todo de su parte para que muchas personas, al igual que ella, fueran liberadas de esa condición.

No hay poder económico, social, tiempo o recursos que invertidos en la expansión del evangelio se consideren pérdida.

Juana estuvo al tanto de que Jesús tuviera alimentos preparados para comer, ropa limpia para vestir, y hospitalidad para dormir.

Ella se convirtió en promotora de esperanza, en embajadora del reino de los cielos, en donde quiera que sus pies la condujeron. Testigo fiel de los milagros, el poder, el amor y el perdón de nuestro amado Señor.

¿Acaso se podría ofrecer servicio a un ser más maravilloso que Cristo?

Bueno, Él mismo dijo que cuando hacemos todo esto por uno de sus “pequeños” , es decir, uno de sus creyentes más nuevos, lo hacemos como si lo hubiésemos hecho con Él mismo.

Juana es una mujer ejemplar y privilegiada, seguramente la recompensa que le espera superará exponencialmente todo lo que entregó a cambio de ella.

Que podamos ser convertidas en mujeres que sirven con determinación a la causa del evangelio. Oremos juntas:  

Precioso Señor, tu eres sin duda alguna el mayor tesoro que un ser humano pueda tener.

Te damos gracias por todos los ejemplos de vida que a diario nos motivan a dar lo mejor de nosotras mismas a tu servicio y para facilitar la expansión del evangelio.

Solo quienes hemos aprendido el dolor que produce sentirse perdidos, angustiados, enfermos, desorientados, sin rumbo ni sentido, o tal vez rodeados de tanto pero tan vacíos dentro, cuando te hallamos y nuestra vida cobra sentido, tenemos el impulso natural de querer llevar a todos los que sea posible a ese mismo estado de paz y plenitud.

Queremos ser como Juana, queremos identificarte en el necesitado, queremos compartir las buenas noticias de salvación, queremos poner todo de nosotras para convertirnos en fieles seguidoras y servidoras tuyas.

Tu eres nuestra razón de ser, tu eres lo único seguro que tenemos, aún cuando nos sintamos rodeadas de toda imposibilidad o crisis, si estás con nosotras no hay qué temer.

Venciste hasta la misma muerte, lograste todo y conquistaste todo para darnos acceso a ello, a través de la confianza depositada en tí.

Derrama Señor de tu misericordia y gracia sobre nuestras vidas y quita toda envidia, todo orgullo, todo temor y cualquier otro impedimento que se interponga en el cumplimiento de nuestra misión.

Queremos más de ti, menos de nosotras, queremos ser luz, sal, guía, agua que sacie la sed que ésta humanidad sufre, primeramente en medio de los nuestros y en todo lugar donde vayamos.

Que nos recibas un día con la alegría de habernos visto recorrer los campos para recoger la cosecha de almas que piden a gritos que tu liberación las alcance Señor.

Gracias Padre, gracias Dios de los cielos, muchas gracias.

En el nombre glorioso de nuestro Señor Jesús.

Amén.