“Antes era indecisa, ahora no sé” me pareció una frase sumamente cómica, pero también una realidad lamentable que padecen algunas mujeres.

 

El doble ánimo puede convertirse en un problema grave, no sólo en las relaciones con las personas a nuestro alrededor, sino con Dios y con nosotras mismas.

 

Veremos el caso de Orfa, una mujer que tenía exactamente ese problema.

 

Orfa era la nuera de Noemí, esposa de su hijo Quilión y cuñada de Rut, ambas moabitas. Su parentesco vino del matrimonio con un judío, que había llegado junto a su hermano y sus padres a vivir a Moab, a causa de la hambruna que se vivía en su tierra natal, Belén.

 

Había vivido por una década al lado de Noemí que era una mujer encantadora y creyente, quien la había tratado como su hija. Se había casado con un hombre igualmente temeroso de Dios que diariamente había profesado su fe, sin embargo Orfa, mantenía su corazón atado a Maloc, el dios pagano al que servía su pueblo.

 

Luego de haber muerto su esposo, su cuñado y su suegro, se halló desamparada junto a Rut y Noemí. Entonces su suegra decidió regresar a Belén pues el tiempo de hambre había finalizado y ella no quería quedarse en una ciudad donde las viudas no tenían oportunidad alguna de conseguir su sustento.

 

En Israel había una ley que indicaba que ellas podrían ser redimidas por un pariente de su esposo, para recuperar sus posesiones y conservar el linaje de su familia.  También contaban con un sistema de ayuda que les permitía recoger trigo para su alimentación sin tener que pagar por ello, y fue lo que Rut terminó haciendo.

 

Camino a Belén Noemí, las reunió y las puso a prueba, con el objetivo de descubrir sus intenciones, porque seguramente ya había notado que Orfa mantenía una apariencia de piedad pero no había abierto su corazón a la verdad de Dios, como lo hizo Rut.

 

Rut 1:7_14 nos cuenta con detalle: 

 

Entonces decidió volver a Judá y, acompañada de sus nueras, salió del lugar donde vivían; pero en el camino les dijo:  

—Anden, vuelvan a su casa, con su madre. Que el Señor las trate siempre con bondad, como también ustedes nos trataron a mí y a mis hijos, y que les permita casarse otra vez y formar un hogar feliz.

 

Luego Noemí les dio un beso de despedida, pero ellas se echaron a llorar y le dijeron:

—¡No! ¡Nosotras volveremos contigo a tu país!

Noemí insistió:

—Váyanse, hijas mías, ¿para qué quieren seguir conmigo? Yo ya no voy a tener más hijos que puedan casarse con ustedes. Anden, vuelvan a su casa. Yo soy muy vieja para volverme a casar. Y aunque tuviera aún esa esperanza, y esta misma noche me casara y llegara a tener más hijos, ¿iban ustedes a esperar hasta que fueran mayores, para casarse con ellos? ¿Se quedarían sin casar por esperarlos? No, hijas mías, de ninguna manera. El Señor me ha enviado amargos sufrimientos, pero más amarga sería mi pena si las viera sufrir a ustedes.

Ellas se pusieron a llorar nuevamente. Por fin, Orfa se despidió de su suegra con un beso, pero Rut se quedó con ella.

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