Haz tu parte

Mientras escribo esta oración Señor me hago consciente de la lucha que enfrentamos diariamente ante todo lo que se requiere para estar dispuestas a hacer nuestra parte.

Queremos ser perdonadas y dejar de sentirnos culpables de cometer una y otra vez el mismo error, sin embargo, después de pasado el remordimiento no cruzamos la línea del arrepentimiento, en el que nos decidimos voluntariamente a abandonar la conducta que nos impulsa a pecar.

No sabemos ir a lo profundo de nuestras acciones para encontrar las verdaderas motivaciones por las cuales cometemos los mismos errores una y otra vez, y nos limitamos a pedir perdón sin corregirlas.

Se nos dificulta ceder para perdonar a otros porque queremos mantener la razón; porque no admitimos que somos violentas y disfrutamos viendo el sufrimiento cobrado en quien nos hizo daño.

Nos falta comprensión del dolor ajeno, de sus luchas y deficiencias; estamos tan centradas en nosotras mismas que no nos imaginamos permitiendo que alguien nos vulnere sin tener que pagarlo.

Es que la tarea de hacer nuestra parte en una sociedad egocéntrica y facilista, se ha convertido en un verdadero problema, pues estamos acostumbradas a demasiada comodidad.

No es que no aprecie el hecho de que los avances de todo tipo nos hayan beneficiado, pero cada vez las tareas importantes se han ido volviendo superficiales.

Hemos limitado la expresión de nuestras emociones a un gesto o un mensaje enviado a través de un teléfono y cuando estamos cerca, ya no miramos a los ojos, estrechamos las manos ni ofrecemos un abrazo que aligere la carga de los demás y demuestre nuestro cariño.

Ese problema Señor,  también lo hemos trasladado a nuestra relación contigo.  

Queremos hallar personas con una estrecho vínculo contigo, que nos anuncien tu voluntad y tus deseos, porque se nos dificulta tomar parte de nuestro tiempo para atender a tu voz, para leer tu palabra y descubrir lo que quieres decirnos.

Quisiéramos vidas más automáticas y menos esforzadas, pero los grandes tesoros no están por ahí a la vista de todos, se requiere de una búsqueda consciente y decidida para hallarlos.

Un alto porcentaje de nosotras queremos recoger lo que no hemos sembrado y disfrutar aquello en lo cual no hemos puesto mayor empeño.

Todas tus promesas están limitadas a acciones que debemos realizar para tenerlas.

Prometiste hacernos tu especial pueblo si escuchamos tu voz y guardamos tus mandamientos.

Pero para ello se requiere reservar un tiempo diariamente para disponernos a oír lo que quieres decirnos y no convertir nuestra oración en una mera declaración de lo que nos acontece, unida a una lista de deseos por cumplir.

Necesitamos entender lo que estar en intimidad contigo implica:  Tener un momento en el que lo único importante sea conversar contigo, sin preocuparnos de nada más.

Un espacio en el cual, todo alrededor queda fuera de nuestra atención pues tu eres nuestro principal y único interés.

Guardar tus mandamientos solo puede ser logrado con éxito cuando dejamos al Espíritu Santo gobernar nuestras vidas y estamos dispuestas a renunciar a nuestras inclinaciones y deseos que van en contra de los tuyos.

Disponernos a vivir en un estado de negación, por amor a ti y por amor a nosotras mismas, pues comprendemos que nuestra antigua manera de vivir, solo nos llevaba por el camino de la perdición y la tristeza.

Prometiste que todo nos saldría bien en tanto estuviéramos dispuestas a meditar en tu Palabra de día y de noche, pues es necesario continuamente recordarle a nuestra mente que eres tu quien tiene el control de todo lo que suceda durante el día y llegada la noche, analizar nuestros actos a la luz de tus mandatos.

Que nuestros días serían más y mejores si respetamos y asistimos a nuestros padres, pero nosotras hemos juzgado sus errores y dejado de lado sus aciertos, sin entender que también ellos estaban en un proceso de aprendizaje y lo hicieron lo mejor posible en la medida de sus limitaciones de todo tipo.

Dijiste que seríamos dichosas cuando aprendamos a dejar de seguir los malos consejos y de apartarnos de la conducta nociva de criticarlo todo para ridiculizar lo que nos incomoda, ya sea por envidia, por temor o por menosprecio.

Pero hacemos lo que no conviene porque nos hemos rodeado de personas a quienes procuramos complacer, así vayan en dirección opuesta a tí.  Ya sea porque han conseguido lo que nosotras anhelamos tener o porque les hemos dado más importancia que a ti.

También nos prometiste Padre, enviar tus ángeles para guardarnos del mal, si estamos dispuestas a vivir con la consciencia de tu compañía y respetando nuestra relación contigo.

Que el día malo no vendrá sobre nuestra vida si nos preocupamos del pobre.  

Pero no es fácil ocuparse del pobre porque nos hemos enfocado únicamente en nuestro propio beneficio y nos apegamos a las bendiciones que entregaste en nuestra mano y se nos dificulta ser generosas.

Todas tus promesas nos invitan a corregir nuestra conducta, nuestro pensamiento, nuestro equivocado parecer.

Y eso precisamente Padre, es lo que nos incomoda y nos reta para hacer nuestra parte.

Queremos fuerzas nuevas que no se agoten, pero sin la espera que las produce.

Nuestro principal impedimento para recibir tus bendiciones somos nosotras mismas.

Amamos la vida que nos ofrece lujos, placeres, aplausos, reconocimientos y poder para situarnos en la parte más alta posible de la escala de la posición social.

Tu nos advertiste que donde estuviera nuestro tesoro allí también estaría nuestro corazón.  Y lo más valioso para nosotras en varias ocasiones ha sido todo menos tu. 

Nos hemos apegado a todo lo que nos das.  A nuestros padres, a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, a nuestra salud, a nuestra economía, a nuestro ego,  a nuestros propios conceptos de la vida.

Necesitamos abrir las manos para soltar todo lo que no conviene, para liberarnos de todo lo innecesario y poder abrazar con alegría tus enseñanzas que nos llenan el alma.

Nos falta confiar más en tí, nos falta creer en lo inmenso de tu bondad y en tu amor.

Nos falta considerar que tu justicia es mayor y mejor que la nuestra.

Nos falta entender que todo lo que nos diste sigue siendo tuyo.

Nos falta estar más convencidas acerca de que esta vida va mucho más allá de lo que nuestros sentidos nos informan.

Ayúdanos Señor a tomar la decisión de hacer nuestra parte, danos la voluntad necesaria para vencer toda imposibilidad que nos hemos interpuesto.

Alumbra nuestro entendimiento y permítenos ver con claridad qué es lo que nos desanima a continuar y fortalece nuestra vida con tu Santo Espíritu para lograrlo.

Aceptamos nuestra fragilidad, nuestra indecisión, nuestras dudas y te rogamos Padre que te glorifiques en ellas y nos hagas verdaderas mujeres virtuosas en quienes tu presencia se hace manifiesta.

Te damos gracias Señor porque podemos contar contigo en todo momento y lugar.

Gracias por todos los procesos que vivimos y van puliendo nuestro carácter, tu cumples a la perfección tu tarea paternal de enseñarnos con amor todo lo que necesitamos para ser personas preparadas para toda buena obra.

Te alabamos y te exaltamos Padre Santo.

En Cristo Jesús

 

Amén

 

 

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