Ella era una mujer llena de candor, bella por fuera y por dentro como para hacerse al cariño de sus vecinos y allegados. Su nombre es Noemí que significa “Mi gozo” o “Mi dicha”. Se casó con Elimelec, un hombre reconocido del pueblo hebreo que habitaba junto a ella en Belén de Judá.

 

Encantadora por su personalidad y constante bondad, Noemí, vivió con su marido en su ciudad natal, hasta que sus hijos se hicieron adultos.   

 

Elimelec que significa “Dios es mi Rey”, no hacía honor a su nombre, como lo hacía Noemí al suyo. Su pueblo estaba pasando una hambruna, debido a su desobediencia  y lejos de haber demostrado arrepentimiento y haber pedido perdón a Dios, para que él y su casa tuvieran provisión aún en medio del problema de su ciudad, salió a buscar sus propias soluciones.  

 

Él debía haber confiado en Aquel quien puede hacer florecer el desierto. Sin embargo, tomó una solución humana y decidió llevar a su familia de Belén “Casa de pan” a vivir en Moab “Desperdicio” o “Nada”.

 

La conducta de Elimelec es muy similar a la de nosotros. Solemos tomar decisiones apresuradas, conforme a nuestro parecer, sin analizar cuál es la razón por la cual estamos viviendo dificultades y sin acogernos a la solución que Dios nos pueda ofrecer para salir de ellas. Muchas veces la dureza de nuestro corazón nos conduce a vivir dificultades mayores.

 

Lo que Noemí  no imagino al salir hacia ese lugar con su marido y sus hijos, es que las cosas se pondrían aún más difíciles. Llegados a Moab, sus dos hijos, Mahlón y Quelión, tomaron para ellos esposas de ese lugar, que no tenían relación con su fé.

Parecía que cada vez se alejaban más de lo que Dios esperaba de ellos.

 

Orfa y Rut fueron se casaron con sus hijos y la amaron por ser una excelente suegra. Sin embargo, la familia de Noemí fue alcanzada por la desgracia de la que intentaba huir, y en menos de una década, su marido y sus dos hijos habían muerto dejándola sola y desdichada, pues no tenía siquiera un nieto que prolongara la generación de su familia y aliviara la pena producida por la pérdida.

 

Las situaciones adversas que tocan nuestra puerta tienen un objetivo: Enseñarnos lo que estamos haciendo mal y fortalecer nuestra confianza en el Señor. Pero la familia de Noemí no había tomado en cuenta ninguna de las anteriores opciones.

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