Padre bueno, tú conoces lo profundo de nuestro corazòn, nuestro entrar y nuestro salir, lo màs escondido de nuestros deseos y lo màs oculto de nuestras faltas, no hay nada que podamos ocultar, pues delante de ti estamos desnudos.

Pero no hay vergüenza en ello, porque sabemos que tu nos amas con total sinceridad, con una gracia inmensa que nos viste de dignidad y nos permite acercarnos confiadamente a tu trono Señor.

Todos tenemos luchas, enfrentamos cada día nuestros propios retos, con nuestro temperamento, con nuestras heridas que aún no han terminado de sanar, con la espera que en ocasiones parece interminable, pero nos consuela saber que somos tu especial tesoro.

Y ese consuelo proviene no del precio en sí que tiene el tesoro, sino del amor con que lo conserva su dueño y el valor emocional que ha depositado en él.

Tal vez ante la mirada de muchos, seamos «baratijas descartables» pero para tí, somos la moneda de plata por la cual, fue preciso remover todos los muebles de la casa, y hacer todo lo necesario hasta hallarla, como lo ilustraste en el evangelio de Lucas, capìtulo 15, versos 8 al 10:

«¿Qué hará una mujer que, con mucho cuidado, ha guardado diez monedas, y de pronto se da cuenta de que ha perdido una de ellas? De inmediato prenderá las luces y se pondrá a barrer la casa, y buscará en todos los rincones, hasta encontrarla. 

Y cuando la encuentre, invitará a sus amigas y vecinas y les dirá: “¡Vengan a mi casa y alégrense conmigo! ¡Ya encontré la moneda que había perdido!” »De la misma manera, los ángeles de Dios hacen fiesta cuando alguien se vuelve a Dios.»

Es conmovedor saber que la búsqueda inicia de inmediato, no hay tiempo que perder cuando se trata de rescatar aquello que para tí es valioso.  Posiblemente alguien diría: «es apenas una moneda, todavía me quedan nueve».

Pero para tì, una hace la diferencia, como hacemos la diferencia todos y cada uno de nosotros, cuando estamos enfrentando las pruebas de la vida y las consecuencias de nuestras malas decisiones, y de pronto, nos vamos alejando de tí.

De inmediato despliegas toda una operación de rescate que nos regrese a tus manos Señor.

Lo más hermoso es saber, que al hallarnos no hay una lluvia de reproches y acusaciones, sino unos brazos listos para recordarnos que somos valiosos para tì Papá.

El cielo celebra que el arrepentimiento gobierne nuestra vida, que seamos conscientes de los errores cometidos y tengamos el coraje de corregir la decisión errada que habíamos tomado, reemplazándola por la correcta.

¡Qué increíble que una decisión que para nosotros pueda ser sencilla de tomar, cuando estamos dispuestos, genere toda una celebración en el cielo!

¡Padre, no hemos logrado comprender a cabalidad, lo que implica que seamos tu especial tesoro!  Somos mucho más que tu creación, también tu semejanza, tus hijos, tu pueblo, tus elegidos.

Ante nuestros ojos hemos hallado desprecio, crìtica, palabras hirientes y duras, porque nuestro orgullo no se sacia suficientemente con lo que vamos descubriendo que somos, pero ante los tuyos tuvimos tanto valor, que fuimos pagados a precio de la sangre más pura y preciosa.

Tú nos amaste tal cual somos y enviaste a tu Espìritu, para refinarnos y hacernos mejores personas, porque tu no haces las obras a medias, sino que las llevas hacia la perfección que refleja tu creación.

Nosotros hemos ido buscando tesoros que son espejismos sin sentido.  Buscamos personas que nos den su aceptación y amor, desconociendo que nuestra verdadera identidad procede de tì y tú eres la fuente del amor genuino.

Perseguimos riquezas terrenales que al acumularse nos restan la paz en vez de aumentarla, porque no hemos aprendido lo valioso que es depender de tu gracia abundante que nos da provisiones generosamente, para esta vida y la otra.

Buscamos tantos tesoros perecederos y pasajeros que nos hemos perdido de darle el valor debido a la oportunidad grandiosa de poder dirigirnos a tí, en oración, sabiendo que estás atento a nuestra voz.

Hay un grado de locura, mezclado con insensatez, cuando pensamos que tú eres quien debe esperar a que nosotros nos decidamos a darte unos cuantos minutos de nuestro tiempo por día, sabiendo que a una simple orden tuya podríamos dejar de respirar.

Vivimos rodeados de riquezas incontables que dejamos de valorar, sea porque somos egoístas, avaros, pesimistas, desagradecidos o porque estamos tan ocupados en mirar hacia nosotros mismos, que olvidamos que tú permaneces a nuestro lado, tendiéndonos la mano cada vez que lo precisamos.

Queremos atender a tu consejo escrito en la primera carta a Timoteo, capìtulo 6 verso 19 que nos dice que debemos vivir acumulando para nosotros mismos el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida.

Las bases adecuadas, los pensamientos correctos, las virtudes necesarias para la vida en comuniòn contigo y con nuestros semejantes, ¡no tienen precio!

Estar bien fundamentado en la vida es invaluable, porque nos conduce a la vida eterna, nos permite ser personas ejemplares y nos evita muchos dolores de cabeza.

Las escrituras son claras al afirmar en la carta a los Colosenses, capìtulo 2 versos 2 y 3, lo que Pablo había descubierto acerca de los tesoros de absoluto valor: Me esfuerzo porque quiero que reciban consuelo y que estén animados y unidos en amor. 

Quiero que tengan la sólida convicción que viene del entendimiento para que conozcan muy bien el plan secreto que Dios les ha descubierto ahora. Ese secreto es Cristo mismo,  en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.

Tener tesoros es valioso, magnìfico, pero ser el tesoro de un ser tan indescriptible, bondadoso, amoroso, santo, poderoso y eterno, como tu, es lo màximo Señor.

Queremos esforzarnos por amarte, por corresponder a todo lo que has hecho por nosotros.  

Sabernos valiosos, nos trae consuelo y entender que tú eres el mayor tesoro, riqueza y herencia que podamos conseguir, nos anima a continuar en nuestra caminada.

Hemos sido privilegiados de recibir la revelación del poderoso mensaje de la salvación y de tener, en Cristo, todo lo que podamos necesitar ahora y  durante toda la eternidad.

En Èl está escondido todo… En Él está el ejemplo supremo de conducta, propósito y servicio que los seres humanos debemos repetir.

En Él està la capacidad de discernir lo que debe hacerse en cada situación y el momento exacto para hacerlo.

En Él reposa el poder de entender al otro, de extender la mano para rescatarlo, para ayudarlo.

En Él están los oídos dispuestos a escuchar al necesitado y la comprensión, la misericordia y la gracia para pasar por alto sus torpezas.

En Él está la promesa de sanidad, de restauración, de restitución, de liberación y de bienestar completo.

En Cristo está la sabiduría que no contiende con ninguno, sino que demuestra con actos el amor, la empatía, la verdad y la bondad.

Por eso, hoy atendemos a su invitación escrita en el libro de Apocalipsis, capítulo 3 verso 18: Te aconsejo que compres de mí oro que ha sido refinado en fuego para que así seas realmente rico. 

Compra de mí ropa blanca para que cubras tu vergonzosa desnudez y compra también de mí medicina para tus ojos para que así realmente puedas ver.

Esa es la compra que se hace sin dinero en efectivo, sin cheques, sin crédito con tasas de alto interés, apenas con un corazón humillado que reconoce que sin Cristo no somos nada.

Sus regalos de vida, perdón, salvación y gracia, no podríamos pagarlos ni con cien vidas más, pero recibirlos con sencillez,  conscientes de que no los merecemos y cuidando de darle el valor debido, es lo que nos hace realmente ricos.

Cubrir la vergüenza de nuestros malos actos y pensamientos, sumado a ver la vida sin las vendas de la maldad, es una bendición sin precedentes.

¿Cuánto hemos sufrido por habernos negado el perdón a nosotros mismos y por guardar rencores por años, que terminaron por pudrir nuestro corazón?

¿Cuánta desaprobación hemos vivido por causa de nuestros errores, de nuestras malas decisiones y de nuestra incapacidad de entender las situaciones que estábamos enfrentando? Demasiada.

Pero hoy es el día de celebrar, que seamos el tesoro de Dios y que Dios sea el tesoro más magnífico y valioso que pudimos haber recibido.

Gracias Padre de toda gloria y poder, por tanto recibido de tu mano.

En Cristo Jesùs 

Amén y amén