Señor y Rey de toda gloria y poder, es un gran privilegio elevar esta oración con la certeza de que no volverá sin la debida contestación, porque tú permaneces atento a nuestra voz.

Es admirable el amor con el que nos sostienes y la misericordia con la que revistes las consecuencias de nuestros actos, evitando que vivamos episodios trágicos que puedan llegar a destruirnos por completo.

Deseamos ser mejores personas y que esa intención no se quede apenas en un deseo, sino que pueda concretarse día tras día.

Estamos seguros de haber sido llamados para un propósito que lleva impreso nuestro nombre.  Grande o pequeño ante nuestros ojos, en realidad, es único delante de tí, como lo somos cada uno.

En tu palabra descubrimos ejemplos valiosos de acciones sencillas, que desencadenaron grandes propósitos en la vida de hombres y mujeres que pusieron su confianza en tí, como lo que hizo Rahab al esconder a los dos espías o Mical que descolgó a David por una ventana para evitar que Saúl su padre lo matara. 

Sabemos que el camino hacia nuestro propósito está lleno de retos que nos dan la oportunidad de crecer y de demostrar todo lo que hemos aprendido.

Leemos de mano de Santiago en el primer capítulo de su carta, una recomendación que nos enseña el valioso significado de los ¿para qué? y nos libera del peso de los ¿por qué?

¿Por qué me sucede esto a mi? ¿por qué si estaba haciendo las cosas bien, me sobrevino esta adversidad?

Es que las adversidades son estupendos escenarios en los que tenemos la oportunidad de hacer nuestro papel de la mejor manera, dejando en claro que lo que hemos aprendido tiene raíces fuertes en nuestro interior y no es apenas una confesión sin acción.

Santiago escribió: Hermanos en Cristo, ustedes deben sentirse muy felices cuando pasen por toda clase de dificultades.  Sus palabras, inspiradas por el Espíritu Santo, dejaban en claro que sin duda, en el ejercicio de vivir, estaremos expuestos a «toda clase de dificultades».

Qué importante que entendamos que debemos alegrarnos al ser tenidos por dignos de demostrar lo que hay en nuestro corazón y demostrar que hemos crecido y madurado durante el tiempo de nuestro relacionamiento contigo, Señor.

Así, cuando nuestra confianza en ti sea puesta a prueba, nosotros aprenderemos a soportar con más fuerza las dificultades.

Un pesista no podría levantar, a la primera,  200 libras de peso, si antes no hubiese empezado levantando 20 libras  hasta llegar a ese nivel progresivamente.

Del mismo modo funciona nuestra fé y es por eso que cada vez que triunfamos sobre la adversidad tomados de tu mano, nuestra confianza en mayores cosas va creciendo.

Por lo tanto, debemos resistir la prueba hasta el final, para que seamos mejores y podamos obedecer lo que se nos ordene. 

Resistir… Insistir… Persistir y nunca desistir, debe ser la consigna que nos repitamos cuando estamos en el campo de batalla.  

No existe un combate en el que no sintamos fatiga, cansancio, o agotamiento; o en el que posiblemente veamos el panorama tan oscuro que sintamos que ya no podemos más, pero cuando la oscuridad se cierne sobre nosotros, tu luz se hace mucho más evidente.

El resultado de resistir hasta el final, es que seremos cada vez mejores y más obedientes a tu voz, porque habremos aprendido que escuchando tu consejo es que podemos tomar las decisiones correctas en el tiempo preciso.

Si alguno de nosotros no tiene sabiduría, pidamosla a Dios. Él se la da a todos en abundancia, sin echarles nada en cara. 

No saber qué hacer no es el problema, sino no preguntar lo que debemos hacer a Quien todo lo sabe. 

Padre santo, muchas veces se nos dificulta reconocer, incluso delante de ti, que lo que sabemos o lo que tenemos se queda corto a la hora de tomar acción para resolver nuestros problemas.

Es por eso que, admitimos con total sinceridad que necesitamos sabiduría, que precisamos tener entendimiento para poder encontrar la salida cierta a nuestra crisis.

Tenemos la absoluta seguridad  de que tú nos la darás. No tenemos duda, porque los que dudan son como las olas del mar, que el viento lleva de un lado a otro. 

También nosotros antes de conocerte estuvimos yendo de aquí para allá, pero tu viniste para anclarnos a Cristo, quien es la roca inconmovible de los siglos.

Tu dices que la gente que no es confiable ni capaz de tomar buenas decisiones no recibirá nada de tí.

Lo que sucede en nuestra vida no sucede accidentalmente, como dice el verso 28 del capítulo 8 de Romanos: Sabemos que Dios va preparando todo para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo con su plan.

No tenemos vidas a la deriva, sino que tenemos un plan de vida que apunta hacia el propósito que tú definiste de antemano, y en cada situación que vivimos vamos recolectando valiosas piezas que conforman el tesoro de nuestra madurez y carácter.

Toda prueba viene para perfeccionar en nosotros lo que nos hace falta.  La carta a los Romanos capìtulo 5 verso 3 dice: Pero hay más, podemos sentirnos felices aun cuando tenemos sufrimientos porque los sufrimientos nos enseñan a ser pacientes.

Hay más, hay una persona siendo llevada hacia la meta de la versión más parecida a Cristo, por eso fue que José vivió tantas experiencias difíciles que probaron su fidelidad, antes de ser nombrado el segundo hombre al mando de Egipto.  Debía dejar de ser arena para ser firme como una roca.

Por eso David fue pastor, matagigantes, general del ejército, adorador antes de ser rey y por eso nosotros vamos siendo perfeccionados a través de las adversidades, de manera que lo que nos falta sea añadido.

Si nos falta tolerancia, nos veremos situados en escenarios donde se requiera ponerla en práctica.  Si nos falta dominio propio, bondad, amor, lo que sea que haga falta en nuestra formación lo habremos de recibir en el campo de entrenamiento de las pruebas.

Nuestra alegría debe provenir de haber entendido que en medio de la prueba se demuestra nuestra fe y sale a flote nuestro contenido, pero no sólo eso, sino que hay un propósito, un destino superior que tú trazaste, hacia el cual caminamos.

Por eso Señor te rogamos que abras nuestro entendimiento para que nos mantengamos firmes en nuestra fe, sea que entendamos o no, las circunstancias que estamos atravesando, porque sabemos que tú siempre estás a nuestro lado, como el Padre que le infunde ánimo a su hijo, gritando arengas en medio de su competencia.

No queremos ser de los que vacilan, porque sus almas se han dividido, como se dividen sus emociones entre la fe y la duda.  Nadie avanza si da un paso adelante y dos hacia atrás.

Nos sostenemos en lo escrito por el apóstol Pedro en su primera carta, capìtulo 5 verso 10: Dios, quien los llamó para compartir su gloria eterna en Cristo, les mostrará todo su generoso amor. Sufrirán por un tiempo, pero después Dios los sanará, los fortalecerá, los apoyará y evitará que caigan.

¡Aleluya, Alabado seas Señor! porque en medio de esas situaciones es que podemos ver con claridad tu generoso amor.

No hay dolor que tu no alivies, no hay herida que tu no sanes, no hay pérdida que tu no recompenses, ni daño que tu no restaures.

Allí mismo, cuando sintamos que estamos a tope, al borde del abismo, podremos ver con claridad que tu mano estuvo extendida desde siempre y no la tomamos antes porque estábamos intentándolo en nuestras fuerzas.

La autopista de las pruebas está diseñada para que todos las vivamos, pobres y ricos, tendremos que atravesarlas igualmente porque en ella todos seremos beneficiados.

Ellas harán que el pobre recuerde que su mayor riqueza es tener un Padre como tú y los ricos recordarán que no deben atreverse a vivir confiando en sus riquezas, porque son pasajeras.

Descansamos felices, abrazando tu promesa  escrita en el verso 12: Al que soporta las dificultades, Yo, el Señor, lo bendigo y, cuando las supera, le doy el premio y el honor más grande que puede recibir: la vida eterna, que he prometido a quienes me aman.

Nosotros no tenemos claro lo que la vida eterna implica a cabalidad, pero sabemos que el pensamiento más optimista se queda corto, ante el glorioso privilegio de permanecer contemplando tu  majestad y disfrutando de tu compañía.

Los mejores días que podamos vivir aquí palidecen ante el chance de vivir cada segundo de la eternidad a tu lado. 

Te adoramos y te exaltamos Señor, Dios y Padre nuestro.

Gracias por trabajar incesantemente en hacernos la imagen y semejanza de Cristo.

En el poderoso nombre de tu amado Hijo.

Amèn y amén

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