¡Qué difícil nos resulta sentirnos libres! Nos aferramos con más facilidad al daño que a la condición de sanidad.  

Sin darse cuenta había sucedido un cambio radical en su vida, ya no estaba a espaldas de Jesús, ahora estaba delante suyo, en una actitud de rendición.

Tu vas obrando aunque nosotros no lo notemos y nos llevas hacia la posición en la cual podamos hallar la respuesta total y definitiva a nuestras vidas.

Luego, frente a todos los que estaban allí, contó por qué había tocado el manto de Jesús, y cómo de inmediato había quedado sana.

Jairo había puesto en marcha una multitud, ella había detenido a Cristo con un sencillo acto de fe mezclado con desesperación y eso era digno de ser reconocido públicamente, para incitar la fe de otros.

Jesús entonces le dijo a la mujer: —Hija, fuiste sanada porque confiaste en mí. Puedes irte en paz.

Esa palabra encierra todo lo que como seres humanos necesitamos: “Hija”.  Hija porque había sido arrancada de la orfandad, del abandono, de la soledad que le había producido su crisis, para ser adoptada por el Autor de la vida.

Hija porque ahora, lo que había soñado con conseguir, se había convertido en una herencia segura.  Hija porque era amada, aceptada, perdonada y salvada.

Hija para que entendiera que en esa palabra de cuatro letras, se resumía la respuesta que tanto ella como nosotros precisamos. Jesús estaba curando su pasado, estableciendo su presente y resolviendo su futuro.

¡Quién no tendría paz en esa condición!  Pues ella y nosotros hoy, debemos acogernos al estado de “hijos”, de modo que no sintamos vergüenza de nuestro pasado, sino confianza en el presente y tranquilidad por nuestro futuro.

Todo estuvo definido en esa expresión y todo está definido ahora, somos tus hijos y tu nuestro Padre.

Todo temor se ha disipado en esa consciencia.  Eres un buen Padre que nos amó hasta lo sumo, desde antes de la fundación del mundo y nos amará hasta después de que los cielos y la tierra pasen.

Delante de tí no somos ricos como Jairo ni pobres como la mujer que estuvo enferma.  Somos simplemente “hijos” y como tales, propietarios y herederos de tus riquezas en gloria.

¡Cuánto nos amas Señor!  No queda más que decirte, Gracias Padre nuestro, Padre eterno, Padre sin igual.

En Cristo Jesús.

Amén.

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