Amado Padre, aquí estoy  para presentar mi corazón quebrantado.  La vida me ha enfrentado a situaciones en las que me siento desorientada y sin saber cómo reaccionar ante ella.

Necesito liberar la pesada carga que agota mis fuerzas y me limita la capacidad de seguir adelante.  Tu eres mi mayor consuelo, mi ayuda inmejorable, mi compañero de batallas, quien me comprende y me ama.

Sé que todos en este mundo hemos sufrido pérdidas; dolorosos momentos en los que no sabemos cuál es la reacción adecuada ante la impotencia que nos producen aquellos eventos inesperados que nos paralizan de diferentes maneras.

Yo he tenido que afrontar quizás una de las que consideré mi mayor pérdida del momento.  Estrechar la mano fría de mi padre, en tanto mis emociones procuraban hacerme consciente del dolor que representaría su ausencia, mientras mi corazón se negaba a entender que no iba a verlo más.

Habría querido dilatar ese último momento en que lo ví sonreir conmigo, aquel último abrazo que me comunicó su calor y su amor por mí. 

Pero ese es un momento que jamás contemplé aunque hubiera oído decir que era el que más seguro tiene cada persona que habita este mortal cuerpo.

Muchas personas Señor, como yo, han tenido que despedir con dolor a sus seres amados y la ruptura producida en el corazón, va disminuyendo su dolor con el paso de los años, pero siempre estará la ausencia para recordarnos que aquella persona a quien pertenecimos, fuera como hijos, padres, hermanos o cónyuge ya no se encuentra presente.

Me consuela Padre, el saber que llegará un día en que podré volver a verlo, en que podré ir a su encuentro y su gran ausencia, será borrada por el privilegio de disfrutar a su lado, una eternidad contigo.

Este es un mundo de pérdidas, aunque todos hemos corrido desbocados tras las ganancias, pero cuando aprendemos a perder, es el momento justo en que empezamos a ganar.

Entiendo mi buen Dios, que haber perdido a mi padre, aunque para mí representara un evento traumático, para él fue el momento más maravilloso de su vida, el instante preciso en que su cuerpo fue liberado del dolor, de la tristeza, del llanto y de todo lo que nuestra limitada condición, padece en esta existencia, para dar paso a su encuentro contigo Señor.

Somos personas aferradas a todo.  Nos apegamos a nuestros padres y a nuestros hijos, pensando que durarán por siempre y desaprovechamos el tiempo a su lado; lo desperdiciamos y esperamos espacios y fechas específicas para demostrarles nuestro afecto, porque vivimos bajo la inconsciencia.

Pero cuando nos faltan, entonces lamentamos lo que dejamos sin ofrecer.  Escuchamos mensajes que nos invitan a ofrecer lo mejor de nosotros, pero los olvidamos pronto y volvemos a ser las personas “ocupadas” en asuntos más importantes.

Nos aferramos a nuestro cónyuge, porque consideramos que el haber hecho compromiso de formar una familia con nosotros, garantiza su permanencia a nuestro lado, y vamos dejando poco a poco de cuidar nuestra relación, de alimentarla con detalles, palabras y actos que demuestren nuestro interés.

Nos aferramos a una condición social, a un título, y vamos dejando de lado aquellas sencillas actividades que años antes disfrutábamos, porque consideramos que perdemos posición si nos mantenemos en ellas.

Nos aferramos a la necesidad de ser reconocidos, a la juventud, a las pertenencias, a nuestras propias  costumbres y razones, sin darnos cuenta, que aferrarnos genera rupturas aún más traumáticas cuando llega el momento de la pérdida.

Perdemos reconocimiento y engrosamos la fila de los anónimos, pero siempre Señor, tenemos dos opciones para tomar:  o nos deprimimos y nos sentimos menos o entendemos que el reconocimiento te pertenece y que desde el anonimato es que se consigue el verdadero crecimiento.

Difícilmente veremos nuestras fallas cuando todos a nuestro alrededor aplauden nuestros actos, sea por conveniencia o porque no tienen el valor o el interés de decirnos lo que estamos haciendo mal.

Perdemos la juventud y podemos iniciar una búsqueda incesante de los miles de métodos que nos garanticen vernos jóvenes, o podemos entender que la juventud es una loca ilusión que debe abandonarnos pronto, para darle paso a la sabiduría que trae la madurez.

Algunos confunden un espíritu joven con un comportamiento adolescente, pero un espíritu joven es la muestra del proceso de renovación que tu produces en nuestras vidas.

Otros viven vidas envejecidas por el negativismo, por la depresión, por la angustia, por la ansiedad del futuro, por la amargura o por el resentimiento que les produjo no asimilar las pérdidas que tocaron sus vidas.

Perdemos nuestras propiedades y nos sentimos desvalidos, frágiles y frustrados. 

Podemos emprender una batalla contra todo: contra nosotros, contra el sistema económico, contra las personas con quienes nos relacionamos, contra quienes tienen resuelta su vida financiera y permitir que la envidia tome el control de nuestras vidas, o podemos entender que necesitamos aprender a confiar en tí y en tu provisión; que debemos revisar nuestro nivel de gratitud por lo recibido, nuestra capacidad de administrar lo que nos has entregado y descubrir que de tu mano, todo lo que necesitamos está siempre disponible.

Nos resistimos a perder nuestras costumbres y razones pese a que nos damos cuenta que lo que por años consideramos correcto, no lo era; y que no siempre las costumbres pasadas son buenas, por el mero hecho de habernos mantenido en ellas por largas temporadas.

Y podemos luchar para  imponernos o darte espacio Señor a renovar nuestra mente y estar abiertos a aprender a vivir, así tengamos unas cuantas decenas de años.

Aprendemos a vivir cuando dejamos de aferrarnos y estamos dispuestos a las pérdidas.

No en una conducta de desinterés en la que poco nos importe perder lo importante, sino en una consciente valoración de todo lo que has puesto en nuestra mano.

Perder el orgullo, sería la más provechosa pérdida que tengamos.  Perder la intolerancia, el mal carácter, la conducta impositiva, el rencor, la indiferencia, sería muy beneficioso para todos nosotros Padre.

Quiero dejar de perder el tiempo, dejar de desperdiciarlo como si fuera lo menos importante, porque en realidad, el tiempo es el vehículo que me brinda la oportunidad de ganar, si aprendo a aprovecharlo bajo tu dirección y compañía.

Quiero habitar en tu presencia Señor, quiero soltar lo que debo para recibir lo que tu me entregas.

Quiero convertirme en una persona consciente, que aprovecha al máximo el tiempo que a diario me ofreces para hacerlo todo de la manera correcta y esforzarme  en ello.

No tengo garantizadas ni las próximas cinco horas de mi vida, pero tengo garantizada tu compañía aún en el momento en que deba perder hasta  la vida misma.

Gracias por ese amor tan inmenso que nunca falla, que nunca me abandona, que siempre está dispuesto, que me corrige, que me enseña, que me salva, que me libera, que me sostiene y que me cuida.

Quiero perder lo que me impide permanecer en comunión contigo, quiero tener siempre mis manos abiertas tanto para soltar como para recibir.

Quiero recibir tu bálsamo restaurador y sanador en mi corazón.

Quiero perder mis rencores, mi orgullo, mi egoísmo, la necesidad de sentirme el centro de atención, mi inmadurez, mi indecisión y todo lo que entorpece mi crecimiento como persona y creyente.

Estoy dispuesto Señor, reconozco mis torpezas, anhelo tu poderosa intervención obrando a mi favor.

Reconstruyeme, moldeame y dame la tranquilidad que produce saber que aunque no comprenda del todo ese proceso, tu lo estás realizando de la manera que debe ser hecho.

Gracias Rey mío, gracias Padre Santo, gracias porque aunque haya muerto mi padre, no estoy huérfano, tu me tomaste de la mano cuando la suya no pudo hacerlo más e incluso cuando todos me soltaron.

Tu amor está llenando mi corazón, tu amor es el mejor analgésico para mi dolido corazón Señor.

Te adoro Papá, te bendigo y te amo.

En Cristo Jesús.

 

Amén.

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