Sin una mente dispuesta y abierta a tus enseñanzas, no podremos avanzar en lo espiritual, ni podremos acceder a tus riquezas, que en nada se comparan con las que contemplamos en esta vida.

 

Es importante dejar de confundir tu voluntad y tus deseos, con lo que para nosotros salta a la vista, pues tus pensamientos superan los nuestros y tus propósitos son más altos que lo que podemos entender desde nuestro punto de vista natural.

 

Reconocer con claridad quién eres tu y quienes nosotros, nos sitúa en el lugar perfecto para aprender a oírte y para recibir las bendiciones que tanto anhelamos y no recibimos a causa de nuestra ignorancia y nuestra torpeza al pedir.

 

Santiago nos escribió para darnos claridad, en el capítulo 4 verso 3 diciendo: Cuando le piden a Dios no reciben nada porque la razón por la que piden es mala, para poder gastar en sus propios placeres.

 

Necesitamos que nuestros ojos se abran a descubrir  con precisión tu  Persona  y la autoridad de tu Palabra, de modo que nuestra fe crezca para que podamos recibir, tanto la salvación, como el conocimiento que nos da el acceso a la vida eterna.

 

Queremos tener una vida de intimidad contigo en la que seas mucho más que un ser reconocido, pero lejano, sino más bien, un verdadero compañero de alegrías y batallas.

 

Con la consciencia de que al aprender a conocerte, nos reconoceremos a nosotros mismos como personas que necesitan ser salvadas, de sus pecados, de la ignorancia, de la soledad, del sentimiento de orfandad y de los ataques del enemigo de nuestras almas.

 

Queremos decir, con todo gozo, «Sí, Señor, sí sabemos; sí Señor, ahora te conocemos» y vivir la vida de plenitud a la que tú nos has llamado.

 

En tu nombre, nuestro Dios y Salvador.

 

Amén.

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