Oración para dejar el dolor, el enojo y la amargura y perdonar a los demás

Sin duda alguna, los seres humanos somos bastante emocionales.   Los estudios científicos han comprobado que las emociones suelen estar por encima de la razón, cuando debemos tomar decisiones, básicamente porque la razón ocupa un nivel superior en la escala de elaboración de las experiencias subjetivas. 

Así, se necesita más experiencia, más tiempo y un grado mayor de habilidad para construir razones que para dejar nacer emociones, pues la mayoría de ellas surgen espontáneamente.

Hoy veremos lo que puede llegar a suceder cuando las emociones negativas, como el enojo, se cultivan por demasiado tiempo.

El protagonista de nuestra historia es un hombre que a lo largo de las escrituras, nos deja registro de todo tipo de experiencias.  Èl es un hombre de una fe que muchos deseamos imitar, de una determinación única por conservar la comunión con Dios, de un liderazgo altamente productivo y un nivel de influencia notable.

Estamos hablando del rey David.  Un hombre que siendo el dulce cantor de Israel, como lo llamaban en ocasiones, pasó a la historia, dejando un legado de amargo resentimiento en su lecho de muerte.

El capítulo 2 del libro de Reyes, a partir del primer verso, nos pone al tanto, acerca de la conversación que da lugar entre el agonizante David y su hijo Salomòn, su sucesor al trono:

Se acercaba el día en que David iba a morir, y le dio esta orden a su hijo Salomón:  «Estoy por morir, como es el destino que le espera a todo el mundo. Sé fuerte y pórtate como un hombre.  Ahora, obedece cuidadosamente todos los mandamientos del Señor tu Dios, y cumple cuidadosamente todos sus decretos, mandatos, decisiones y principios. 

Obedece todo lo que está escrito en las enseñanzas de Moisés para que tengas éxito en todo lo que emprendas y por dondequiera que vayas. De esa manera el Señor cumplirá la promesa que me hizo: “Si tus hijos sinceramente tienen cuidado de vivir como yo quiero, y si lo hacen de todo corazón y con toda el alma, entonces el rey de Israel siempre será un hombre de tu dinastía”».

Hasta este momento, todo iba como se esperaba de un hombre que había demostrado ser un buen ejemplo de arrepentimiento y amor por Dios.

Sin embargo, David también le dijo: «Tú sabes bien lo que Joab hijo de Sarvia me hizo. Cuando ya no estábamos en guerra, mató a dos comandantes de los ejércitos de Israel: a Abner hijo de Ner y a Amasá hijo de Jéter. El cinturón y las botas que Joab lleva están manchados de sangre. Yo debí haberlo castigado. Usa tu inteligencia y no dejes que él muera tranquilamente de viejo.  Mantén mi pacto de mostrar lealtad con los hijos de Barzilay de Galaad. Que sean entre tus amigos que comparten tus provisiones. Ellos me ayudaron cuando tuve que huir de tu hermano Absalón.

»Y recuerda que Simí hijo de Guerá todavía está por ahí. Es de la tribu de Benjamín y vive en Bajurín. Recuerda que él me hizo una maldición de mala salud cuando tuve que huir a Majanayin; pero cuando él me vino a saludar en el río Jordán, le hice una promesa ante el Señor que a Simí no lo iba a matar con la espada. Ahora, de tu parte, no lo perdones; tú eres un hombre inteligente y sabes lo que debes hacer con él para que no muera tranquilamente en su vejez, sino de muerte violenta».

Este cuadro cambia la perspectiva y tristemente,  parece repetirse en más hogares de lo que debería.  Muchos padres cargan sobre los hombros de sus hijos, los resentimientos que han nacido en su corazón, a causa del daño recibido.

«No hables con éste o con aquel»; «no te olvides de lo que nos hizo tal persona» involucrando al otro en su enojo personal; o lo que es peor, algunos padres, entran en una competencia malsana por deteriorar la imagen de sus cónyuges, cuando la relación entre ellos se vino al piso.

No se trata de subestimar lo sucedido o el sufrimiento que produjo un evento traumático,  sino de aprender a tomar en cuenta el santo y sabio consejo del capítulo 4 versos 26 y 27 de la carta a los Efesios que indica:

Si alguna vez se enojan, que el enojo no llegue hasta el punto de pecar, ni que les dure más allá de la puesta del sol. Y no den al diablo oportunidad alguna.

¡Es completamente lícito enojarse! Tenemos derecho a sentir molestia por lo que otras personas hacen, que nos afecta directa o indirectamente, pero lo que no debe suceder es que carguemos con ese enojo por más tiempo, que lo que tarda en finalizar el mismo día de los acontecimientos.

Santiago capítulo 1 verso 19 añade: Mis queridos hermanos, pongan atención a esto que les voy a decir: todos deben estar siempre dispuestos a escuchar a los demás, pero no dispuestos a enojarse y hablar mucho.

El enojo que no se resuelve a tiempo, termina convirtiéndose en rencor o resentimiento que, lamentablemente, no afecta únicamente a la persona implicada, sino a las personas a su alrededor, porque es altamente contaminante.

El resentimiento es uno de los principales problemas que afectan nuestras relaciones personales y David, también albergó en su corazón la semilla del enojo y al llevarla dentro suyo, le dió la oportunidad de que echara raíces y diera como fruto el rencor y la amargura que lo llevaron a hacer que su hijo Salomón terminara comprometido en cobrar la venganza que, en vida, él no pudo.

Ahora bien, veamos de nuevo el cuadro: David seguía enojado porque se enteró tarde, de que Joab lo había engatusado matando a dos de sus generales en tiempo de paz y David, lamentó no haber cobrado su traición a tiempo, pero no pensaba morirse sin dejar ese asunto en manos de su hijo.

Yo debí haberlo castigado. Usa tu inteligencia y no dejes que él muera tranquilamente de viejo. —dijo en su lecho muerte, dejando sentir el sabor amargo en sus palabras.

Todos somos enfrentados a diferentes situaciones traumáticas, durante el transcurso de nuestra vida, que nos vulneran: abusos de todo tipo, traiciones, heridas, golpes al cuerpo, a la estima o al alma.   Pero si nosotros insistimos en guardar el enojo, terminaremos como David, imaginando cuál sería la manera más efectiva a través de la cual hagamos pagar, con creces, a nuestro ofensor, el dolor que tuvimos que sufrir, olvidando que la amargura que va naciendo por ese deseo de venganza, nos va destruyendo y nos vuelve presa fácil de la maldad.

La carta a los Hebreos, capítulo 12 versos 14 y 15 nos advierte: Esfuércense por vivir en paz con todos y procuren llevar una vida santa, porque los que no son santos no verán al Señor.  Cuídense unos a otros, para que ninguno de ustedes deje de recibir la gracia de Dios. Tengan cuidado de que no brote ninguna raíz venenosa de amargura, la cual los trastorne a ustedes y envenene a muchos.

Podemos seguir el consejo de Dios y esforzarnos por vivir en paz, no albergando el enojo, sino tomando una actitud perdonadora, que no implica que debamos mantener una estrecha relación con nuestro ofensor, sino que hemos liberado nuestro corazón del rencor y del deseo de venganza, para no contaminar a otros con nuestra amargura.

David había prometido delante de Dios, no cobrarse por las habladurías en su contra que Simí había hecho, pero pidió a su hijo, que lo hiciera.

Algunos podríamos pensar que mantenemos las manos limpias por el hecho de no tomar represalias contra nuestro ofensor; pero nos engañamos a nosotros mismos, si insistimos en envenenar a otros con nuestra amargura, para que ellos las tomen.

Salomón cobró a Joab y a Simí, el daño que le hicieron años atrás a su padre David, sin embargo, es triste ver que ese hombre tan especial, hubiera permitido que su enojo diera como fruto una amargura que lo acompañó hasta su lecho de muerte y en vez de soltarla definitivamente, se la hubiera entregado como legado a su hijo.

Pidamos al Señor que nos enseñe a ser lentos para el enojo y rápidos para el perdón:

Padre de inmenso amor, en este día nos presentamos delante de tí para admitir que hemos antepuesto las emociones a la razón, cuando hemos recibido daño en nuestro cuerpo o en nuestra alma.

Es fácil enojarse cuando alguien nos lastima, pero no es tan sencillo, usar la razón para atender a tu consejo y liberarnos del daño que puede provocarnos la amargura y el resentimiento.

Pese a ello, deseamos trabajar en nuestro dominio propio y aprender a tener empatía, sabiendo que en las condiciones propicias, también nosotros podemos llegar a cometer errores graves que dañen a otros.

No hay justificación para herir a otros, así como no hay razón para guardar el enojo con nuestro ofensor hasta el último de nuestros días.

Todos somos susceptibles de equivocarnos, todos vivimos experiencias difíciles que nos han fracturado y nos han dañado, pero también todos contamos con tu ayuda para superarlo.

No sirve de nada conservar el daño e insistir en lamentarnos sobre la herida, sin tomar las acciones necesarias para sanar.

David podría haber resuelto sanar el dolor que le produjo la traición de Joab o los comentarios destructivos de Simí, pero decidió conservarlo hasta su muerte y el aparente perdón que le ofreció a Simí, no le ayudó mucho, porque el pensamiento de venganza lo acompañó día tras día.

Queremos ser libres Señor, de todo enojo que hayamos guardado por años, queremos arrancar de tajo toda raíz de amargura, queremos detener la ola de contaminación que un día desatamos, buscando que otros se identificaran con nuestro dolor, pero también con nuestro deseo de desquitarnos.

En el perdón que ofrecemos a otros, hacemos efectivo el perdón que hemos recibido de tí.  No hay excusa para prolongar el daño, ni para involucrar a nuestros familiares, amigos o conocidos, en un pecado que nos deja fuera de tu gracia.

Ayúdanos Señor a ser entendidos y solucionar a diario lo que nos molesta, nos ofende o nos lastima, de ese modo, la recuperación será rápida y habremos apagado un pequeño fuego, que de insistir en avivar, puede acabar convertido en un gran incendio que consuma nuestra alegría y nuestra comunión contigo.

Te alabamos Señor, porque tú nos dejaste en Cristo la más grande muestra de perdón y nos corresponde ser imitadores de su comportamiento y multiplicadores de la gracia recibida.

En Jesucristo, nuestro Rey y Dios.

Amén y amén

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