Podríamos elegir desobedecerte y seguir nuestros deseos y caprichos, pero conocemos el precio de dolor que conlleva hacerlo.  Por esa razón y por amor, nosotros elegimos lo mejor… Te elegimos a tí, siempre te elegimos a tí.

 

En todo momento y lugar, te elegimos a tí, Padre de bondad.

 

Tus bendiciones nos alcanzarán, es más, aún, nos sobrepasarán hasta llenarnos de gratas sorpresas, irán adelante nuestro, abriendo caminos nuevos, en los que nos podremos gozar. 

 

Obedecerte es demostrar el amor que se anida en nuestro corazón como respuesta a tu gran bondad, Rey nuestro.

 

Obedecerte nos garantiza el  éxito en todos nuestros quehaceres, el respeto de nuestros semejantes y el aplauso tuyo.

 

Obedecerte nos hace personas dignas de ser tenidas en cuenta para ofrecer un consejo sabio, para apoyar a quien lo necesita, para mediar en medio de las discusiones.

 

Hay tantos privilegios en hacer tu voluntad que es imposible no elegir hacerlo.

 

Ya sufrimos, ya lloramos, ya nos lamentamos por haber ido en dirección contraria a tu deseo y recibir el daño.

 

Ya nos sentimos intimidados, acobardados, ya supimos lo que se siente ser víctimas de la maldad y sufrir las heridas que la necedad nos dejó.

 

Ya descubrimos nuestra insuficiencia para conducir nuestra vida y para tomar las decisiones correctas continuamente.

 

Ya luchamos para conseguir lo que consideramos necesario y desperdiciamos tiempo y esfuerzos para luego sentirnos frustrados.

 

Sin embargo, ninguna de esas razones nos impulsa a obedecerte, tanto como reconocer que no existe un amor más grande que el que tú nos has entregado y en respuesta a ello, queremos permanecer siempre en comunión contigo.

 

Mejor es tu presencia que la vida y la obediencia es más valiosa que el oro fino.

 

Por eso, hoy y cada día, elegimos lo mejor.  Elegimos ser fieles a ti, como tu lo has sido a tus promesas de entregarnos siempre lo excelente.

 

Gracias Señor, gracias precioso Dios.

 

En Cristo Jesús.

 

Amén.

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