Las agujas pueden ser uno de los instrumentos más básicos de la historia, sin embargo por muchos años han prevalecido sin mayor reforma.

 

Respecto a ellas se han tejido varias historias, como las de aquellos que las usaron para cerrar sus labios y manifestar de esa forma su descontento a través de la protesta.

 

Jesús mismo las usó para mostrar la imposibilidad de que una persona, para quien el dinero es lo más importante en la vida, pueda ingresar al reino de los cielos.

 

¿Y quién no conoce el popular adagio: “Como aguja en el pajar”?, para referirse a la dificultad de hallar algo que requiere minuciosidad para ser hallado.

 

Las agujas han sido protagonistas en los quirófanos y en la moda, pero hoy lo serán en la devoción de una sencilla mujer que las usó como la herramienta para demostrar el amor, la caridad y el servicio en una obra hecha con total dedicación, como para el Señor.

 

El libro de Hechos de los Apóstoles, capítulo 9 versos 36 al 47 nos cuenta acerca de Dorcas, la mujer que llevó el servicio a Dios a otra dimensión: Había una creyente en Jope que se llamaba Tabita (que en griego significa Dorcas). Ella siempre hacía buenas acciones a los demás y ayudaba a los pobres. 

 

No se necesita tener una buena voz, un título en teología,  tener revelación de los eventos futuros o conocer la biblia con gran destreza para convertirse en lo que ella logró.

 

Es que Tabita o Dorcas, como hace honor a su nombre cantidad de lugares de beneficencia en el mundo entero, fue una mujer que dedicó su vida a ayudar a los demás en su empeño de demostrar que había comprendido de primera mano, lo que implicaba servir al Señor.

 

Sus buenas acciones se habían vuelto un tema de todos los días, ella no ayudaba cuando sucedía una tragedia a su alrededor solamente, porque se había conmovido con la necesidad ajena, como ocurre con muchas de nosotras.

 

Ella vivía diariamente consagrada a hacer buenas obras.

 

La mayoría de nosotras quiere un altar desde donde enseñar a muchas personas y ser reconocidos por nuestra oratoria; una tarima desde donde cantar con una voz angelical que conduzca a los oyentes directo a la presencia de Dios, o una cantidad astronómica de dinero para poder ayudar al necesitado. 

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