Señor y Dios mío, tú eres digno de recibir la gloria, la honra, la alabanza y todo el reconocimiento porque tu eres la fuente de toda compasión.

Todos nos hemos beneficiado de la inmensa gracia a través de la cual nos socorres durante todo el transcurso de nuestra vida.

Sin importar cuál sea nuestra necesidad podemos presentarla delante tuyo, sabiendo que en tí hallaremos respuesta oportuna, por lo cual, nos acercamos confiados a tí, porque sabemos que tu compasión nace de la comprensión que tienes acerca de nosotros.  

Tu nos creaste,  formaste nuestro ser y nos conoces por completo.  Enviaste a tu hijo a tomar forma de hombre para que en Él, nos sintiéramos identificados y aprendiéramos a ser compasivos con los demás.

Las escrituras nos hablan, en la carta a los Hebreos, capítulo 4, versos 14 en adelante que: Jesús es el Hijo de Dios, y es nuestro gran Jefe de sacerdotes, que ha subido al cielo. Por eso debemos seguir confiando en él.

Nos sentimos agradecidos de que Jesús haya subido al cielo, culminando así, todo el plan de salvación, restauración y bendición que nos abrió el camino ante tu santa presencia y quitó el velo de en medio, que nos separaba de ti.

Podemos acercarnos confiados como el niño que corre a los brazos de su Padre, seguro que hallará en ellos, el amor que consuela y la provisión para todo lo que requiere.

Reconocemos a Cristo, como nuestra autoridad espiritual por excelencia en esta tierra, porque cumplió a cabalidad con su tarea, dejándonos todas las enseñanzas necesarias para saber conducirnos por el camino del bien.

Permanecemos confiando en Él, porque demostró que tus pensamientos y tus planes para nuestras vidas, se cumplieron a través suyo, y tu fidelidad fue manifestada en cada una de sus palabras y sus actos.  Por lo tanto, también en nuestra vida se harán realidad.

El diablo le puso a Jesús las mismas trampas que nos pone a nosotros para hacernos pecar, sólo que Jesús nunca pecó. Por eso, él puede entender que nos resulta difícil obedecer a Dios. 

Nada resulta tan alentador como hablar con alguien que nos comprende y se compadece de nosotros, pues Cristo también estuvo expuesto a todo lo que nosotros estamos expuestos.

Jesús se vistió de humanidad para que pudiésemos acercarnos con toda tranquilidad a Él, como lo hicieron tantas personas sin importar su condición social, espiritual o material y encontraron en sus palabras y actuaciones, la gracia, el poder y  el amor que provienen de tí.

Él nació como lo hicimos todos y cada uno de nosotros y enfrentó todas las situaciones que se van presentando en el desarrollo natural de la vida, así como los roces que surgen de la convivencia con nuestros hermanos y familiares.

Jesús entiende perfectamente todos los sufrimientos que nosotros vivimos, porque también Él los vivió y todavía mayores; pero a diferencia nuestra, su comportamiento fue sin tacha, demostrándonos que es posible aprender de su buen ejemplo de conducta, para que nuestra vida sea lo mejor posible.

En Él estaba la naturaleza humana, que nos permitió encontrar afinidad, así como también la naturaleza divina que nos asombró, demostrándonos su poder y  entregándonos libertad, salvación y sanidad.

Así que, cuando tengamos alguna necesidad, acerquémonos con confianza al trono de Dios. Él nos ayudará, porque es bueno y nos ama.

No existe necesidad demasiado grande o pequeña para presentarla delante tuyo Señor.  Tu estás atento de cada detalle en nuestra vida, para ofrecernos tu ayuda, porque nos amas sin medida.

En cada milagro, en cada mensaje, en cada acto, Jesús nos dejó suficiente evidencia de tu compasión y de tu interés en brindarnos el bienestar que tanto necesitamos.

Él fue enfático al decir en el evangelio de Lucas, capítulo 12 del verso 22 en adelante: 

«Por eso les digo que no se preocupen por lo que van a comer ni por la ropa que se van a poner.  La vida es más que la comida y el cuerpo más que la ropa. 

Fíjense en los cuervos, que no siembran ni cosechan. Tampoco tienen bodegas ni graneros, y aun así, Dios los alimenta. ¡Ustedes valen mucho más que las aves! 

¿Quién de ustedes con preocuparse va a añadir una hora a su vida? Si no pueden hacer ni siquiera eso, ¿qué caso tiene preocuparse por lo demás?

»Fíjense cómo crecen los lirios. Ellos no trabajan ni hilan para hacer su vestido. Pero les aseguro que ni siquiera el rey Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos. 

Así que, si Dios viste así a todo lo que crece en el campo, que hoy tiene vida pero que mañana será quemado en un horno, con mucha más razón cuidará de ustedes. ¡No sean gente de poca fe! 

No estén pendientes de lo que van a comer o a beber, ni se preocupen por eso.  La gente que no conoce a Dios trata de conseguir esas cosas, pero su Padre sabe que ustedes necesitan todo esto.  En vez de eso, busquen el reino de Dios, y se les dará todo lo que necesitan.

Tú has mostrado tu compasión desde siempre, porque nuestro sufrimiento no te es indiferente, sino que a diario pones en marcha tus planes para librarnos de él.

Sea hambre, enfermedad, necesidad, angustia, humillación, injusticia o cualquier otro padecimiento que pueda tocar nuestra vida, todos ellos son resueltos con tu ayuda Señor.

Somos la corona de tu creación y semejanza tuya, por tanto, no hay porque inquietarnos cuando pasamos por dificultades, sino presentarlas delante tuyo y descansar en que tú estás dispuesto a ayudarnos como lo has hecho siempre.

Tu compasión se ha visto manifestada en la piedra de la que brotó agua para un pueblo sediento, pero también en las tinajas de agua convertidas en vino que evitó la vergüenza de una pareja de recién casados.

En el maná puesto a la entrada de la tienda de los hebreos, durante cuarenta años, para alimentarlos día a día, pero también en los cinco panes y dos peces que saciaron a miles de personas que escuchaban atentas tus enseñanzas.

En la sanidad de la hija de un padre angustiado y en la de una mujer que por años sufrió el menosprecio por su dolencia.

En la resurrección del hijo de una viuda que había quedado desamparada y en la liberación de un hombre que vivía en medio de las tumbas atemorizando a todos a su alrededor.

Tu compasión ha sido la autora de todos los beneficios que recibimos a diario y del milagro más grande al que podemos aspirar, que es la salvación.

Cada vez que sufrimos sabemos que pones en marcha tus bendiciones para que vayan en nuestro rescate; pero así mismo esperas que seamos compasivos con los demás y que identifiquemos a Cristo en cada persona que padece cualquier necesidad.

Como lo enseñaste a partir del verso 31, en el capítulo 25 del evangelio de Mateo, diciendo:  »Cuando yo, el Hijo del hombre, regrese, vendré como un rey poderoso, rodeado de mis ángeles, y me sentaré en mi trono. Gente de todos los países se presentará delante de mí, y apartaré a los malos de los buenos, como el pastor que aparta las cabras de las ovejas.

A los buenos los pondré a mi derecha, y a los malos a mi izquierda. Entonces yo, el Rey, les diré a los buenos: “¡Mi Padre los ha bendecido! ¡Vengan, participen del reino que mi Padre preparó desde antes de la creación del mundo! 

Porque cuando tuve hambre, ustedes me dieron de comer; cuando tuve sed, me dieron de beber; cuando tuve que salir de mi país, ustedes me recibieron en su casa; cuando no tuve ropa, ustedes me la dieron; cuando estuve enfermo, me visitaron; cuando estuve en la cárcel, ustedes fueron a verme.”

»Y los buenos me preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer? ¿Cuándo tuviste sed y te dimos de beber? ¿Alguna vez tuviste que salir de tu país y te recibimos en nuestra casa, o te vimos sin ropa y te dimos qué ponerte? No recordamos que hayas estado enfermo, o en la cárcel, y que te hayamos visitado.”

»Yo, el Rey, les diré: “Lo que ustedes hicieron para ayudar a una de las personas menos importantes de este mundo, a quienes yo considero como hermanos, es como si lo hubieran hecho para mí.”

Tu compasión está basada en el gran amor que nos tienes, pero la nuestra sitúa al necesitado en el lugar de Cristo, porque todo lo bueno que brindamos a otros, sea un consejo, un abrigo, una visita, un pan o un abrazo, lo entregamos porque identificamos a Jesús en cada uno de ellos.

Más también porque nos percibimos como tus servidores y nos embarga el deseo de convertirnos en tus manos, en tus oídos, en tus mensajeros y en los instrumentos a través de los cuales, tu amor se manifiesta a los demás.

Gracias por permitirnos acercarnos con tanta familiaridad, pero al mismo tiempo, con el debido respeto y la honra que un ser tan maravilloso como tú mereces.

Te adoramos y te bendecimos amado Padre.

En el nombre de Jesucristo nuestro Rey y Supremo sacerdote.

Amén y amén.