Para todas nosotras es conocido que fuimos llamadas, “ayuda idónea”. Dios estableció en nosotras el propósito de completar y complementar al hombre para ser considerado “una unidad”.

Desde la perspectiva del conocimiento más básico en matemática, comprendemos que una unidad, es un número entero, completo, sin división alguna. Así que juntas las partes en que se había dividido, ahora es una “unidad”.  

Te preguntarás porqué hago esta referencia.  Porque es necesario comprender que Dios estableció la unión entre un hombre y una mujer como el vínculo perfecto a través del cual ambos, se hallan “completos” para desarrollar el propósito que Dios estableció  sobre ellos. Resumiendo: Cuando una persona se une en matrimonio, su propósito divino está ligado a su cónyuge. Deja de ser individual, para convertirse en colectivo. A menos que estemos listas para vivir la vida de soltería hasta el fin de nuestros días y permanecer en castidad, debemos entender que la persona con quien decidamos compartir nuestros días, también será con quien debamos luchar hombro a hombro para cumplir nuestro propósito.

Para comprenderlo de mejor manera, vamos a analizar, a grandes rasgos, el ejemplo de Abraham y Sara.

Abram, como se llamaba desde su nacimiento, se casó con Sarai, y la primer referencia al respecto, es el punto central de todo: Pero Sarai era estéril y no tenía hijos.”

Ese es el comienzo de la historia del hombre al que luego Hebreos 11, le ofrecería 11 versículos para describir su fé, y le daría el reconocimiento como “el padre de la fe”. ¡La historia de Abram, comienza hablando acerca de su esposa!

Dios iba a hacerlo “padre de multitudes”… Pero su esposa era estéril.  

Dios decidió bendecir a todas las familias en él… Pero no tenían ni posibilidad de tener un hijo.

Hasta a ellos, les pareció cómico el asunto, que cuando ya todo pronóstico humano estaba descartado, Dios decidiera llevar a cabo Su cometido. Génesis 17:17 nos cuenta su reacción ante ello: Abraham se inclinó ante Dios y entre dientes dijo: «¿Cómo voy a tener un hijo, si ya tengo cien años? ¿Y cómo va a tener un hijo Sara, si ya tiene noventa?» Así que se echó a reír. Sara también lo hizo. Sólo que ella se rió para sí y por temor, negó haberlo hecho. Génesis 18:15 narra: Al oír esto, Sara sintió miedo. Por eso mintió y aseguró: —No me estaba riendo. Sin embargo, Dios le dijo: —Yo sé bien que te reíste.

Leave a comment