Precioso Dios, estamos aquí para rendirte adoración, porque sólo tú eres digno de recibir toda la alabanza, la gloria y el honor.  Queremos darte  todo de nosotros porque también tú nos lo has entregado todo.

Entregarte todo incluye poner de manifiesto nuestros errores, nuestros asuntos sin resolver y nuestros defectos, sabiendo que tu Espíritu es el único que puede ayudarnos a resolverlos y transformarnos en mejores personas.

Necesitamos tu poderosa intervención en lo profundo de nuestro ser, de modo que podamos ser limpiados, renovados y sanados de todo el daño que aún albergamos dentro.

Entendemos que tu deseo, desde que nos creaste, ha sido que vivamos agradecidos y alegres con lo que nos has dado a cada uno, pues recibimos los dones, talentos y capacidades necesarios para desarrollar nuestro máximo potencial.

Pese a ello, perdemos el enfoque con relativa facilidad y esa es la principal razón por la cual, nuestro progreso se ha detenido.

Ponemos la mirada en lo que ha recibido el otro, desatendiendo a las instrucciones y advertencias que nos dejaste en las escrituras, a través de la carta de Santiago, capítulo 4 diciendo: 

¿De dónde vienen todos los conflictos y peleas que hay entre ustedes? Vienen de ustedes mismos, de sus deseos egoístas que siempre están librando una guerra en su interior.   

Ustedes desean las cosas pero no las consiguen. Su envidia puede llegar hasta el extremo de matar y aun así no consiguen lo que quieren. Por eso discuten y pelean. No consiguen lo que quieren porque no se lo piden a Dios.

Aunque sea difícil admitirlo, en diferente medida, cada uno ha dado rienda suelta a su envidia, y ha tenido que sufrir los estragos que trae consigo.

Mientras permanecemos invirtiendo nuestro tiempo y esfuerzo en discusiones y pleitos, perdemos valiosas oportunidades de crecimiento personal y progreso.

Es probable que los triunfos de otros nos resulten molestos y produzcan en nuestro corazón enojo o tristeza, porque consideramos que fuimos nosotros quienes debíamos alcanzarlos primero.

Pero la vida no es la competencia a muerte en la que la hemos convertido algunos, sino un ejercicio colectivo de personas que nos identificamos como tu creación, tu pueblo, tus hijos; y si tus hijos, hermanos, unidos por la misma sangre que nos redimió de nuestra maldad.

Nuestro problema radica primeramente en que hemos dejado nacer el egoísmo en nuestro interior y uno de sus frutos es precisamente la envidia.

En segunda medida, perdimos la capacidad de celebrar con nuestro prójimo sus éxitos, porque no consideramos sus logros como propios. 

Tu dijiste que debemos tener un corazón bondadoso como el tuyo que se alegra con las alegrías de los demás y se entristece con sus tristezas, pero no vamos a lograrlo Señor, mientras tengamos nuestra mirada puesta en nosotros y no en tí.

Debemos entender que cuando lamentamos que otros tengan el bienestar que nosotros creemos que debería ser el nuestro, perdemos la capacidad de valorar lo que tenemos nosotros y el pesimismo, la queja y la maledicencia se apoderan de nuestro pensamiento y lenguaje.

¿Acaso sería posible dar gracias por nuestros padres cuando estamos comparándolos con los de alguien más, para menospreciarlos desconociendo sus cualidades?

Muchos habríamos querido nacer en medio de las comodidades que nos parece que son importantes, porque no sabemos los problemas que se entretejen en medio de los lujos.

Tener riquezas no es indicativo de tener paz, comprensión, amor y sabiduría para todo, pero tenerte a tí es garantía de todo ello.  

Debemos comprender que todos los seres humanos enfrentamos luchas, tenemos nuestras propias limitaciones; incluso las personas que consideramos más afortunadas, enfrentan sus propias crisis.

Tomar como medida la belleza, la apariencia y lo poco que conocemos de alguien y que nos deslumbra, para medir a los nuestros e incluso a nosotros mismos, solo nos sumará cargas innecesarias. 

Estamos dejándonos llevar por lo que nuestros deseos carnales promueven y no nos damos cuenta que nuestra envidia nos venda los ojos y nos impide ver la realidad.

Somos perfectos.  Seamos altos o bajos, de ojos oscuros o claros, con la nariz ancha o puntiaguda, con los pies grandes o chicos, somos creación tuya y cuando  aborrecemos nuestras particularidades dejamos en entredicho nuestra opinión acerca de tu sabiduría y amor.

Como quiera que sea, las características físicas no son lo que nos definen delante de tí, sino la clase de pensamientos, de palabras y de actos con los que reflejamos o no tu semejanza.

Fuimos creados con propósito divino, no apenas para jactarnos de lo que somos físicamente o de nuestros logros en esta vida, ni para reprocharnos por lo que pensamos que nos hizo falta.

Cuando dejamos que la envidia se apodere de nuestros pensamientos, menospreciamos el proceso que otras personas han tenido que atravesar para llegar donde están; le restamos crédito al esfuerzo, el mérito y la diligencia que han invertido para lograrlo. 

Pero tu advertencia es clara Señor: No conseguimos lo que queremos porque no te lo pedimos.  Y si pedimos pero no recibimos lo pedido, es porque estamos enfocados en complacer únicamente nuestra naturaleza carnal.

Si nuestras peticiones están dirigidas sólo a obtener placer, como sucede con aquellos que no te conocen, entonces terminamos negando también que te hayamos conocido y nos convertimos en tus opositores.

En el libro de Éxodo, capítulo  20 verso 17 nos dijiste: »No se dejen dominar por el deseo de tener lo que otros tienen, ya sea su esposa, su sirviente, su sirvienta, su buey, su burro, o cualquiera de sus pertenencias».

Y aún más, el libro de los Proverbios, capítulo  23 verso 17 nos advierte: No tenga tu corazón envidia de los pecadores, antes persevera en el temor del Señor en todo tiempo.

Queremos soltar esa carga que nos trajo ese mal comportamiento.  Queremos perseverar en tí Señor y pedirte que, por favor, limpies nuestras vidas y nos ayudes a sanar nuestras conductas equivocadas.

Sólo tú puedes juzgar y darle el valor a los actos y logros de cada persona, así como exclusivamente pertenece a tí determinar lo que cada persona debe o no recibir.

Queremos Señor, romper con toda inconformidad malintencionada y agradecer por la misericordia con que nos cobijas para no recibir el castigo merecido por nuestro mal proceder.

Agradeciendo por hasta el más pequeño detalle que recibimos de tu mano, aumentarán nuestras energías y nos llenaremos del entusiasmo que requerimos para impulsar nuestro progreso.

Nos arrepentimos Señor por haber considerado que tu juicio es injusto, porque nuestra mente limitada no comprende a cabalidad la grandeza de tus propósitos.

Somos privilegiados más que muchos en este mundo, porque tenemos la oportunidad de relacionarnos contigo y a partir de ese relacionamiento recibir los tesoros que no pueden ser pagados de ninguna forma.

Salvación, redención, sanidad, vida eterna a tu lado, cuentan mucho más que todas las riquezas juntas.  

La belleza de los cuerpos humanos es como nada, porque inevitablemente se va perdiendo con los años, pero la belleza del espíritu permanece para siempre.

Que si vamos a estar inconformes sea con el desinterés por crecer, con el desánimo, con la pereza, con el pecado sin corregir, con la murmuración y con la queja, para que los desechemos por completo de nuestras vidas.

Queremos invertir nuestra energía en darle cumplimiento a las tareas que hemos ido postergando y nos tienen lejos de las metas que nos habíamos propuesto.

No queremos dejar para luego lo que debe ser hecho inmediatamente.  Todas las tareas aplazadas nos alejan cada vez más de nuestra meta.

Deseamos ser testimonios vivos de respeto, de amor sincero, de interés legítimo por el bienestar propio, de los nuestros, de nuestro prójimo, porque sabemos que nuestro desarrollo no está sujeto más que a nuestras decisiones y a nuestra fé en tí.

Queremos ser personas maduras que vean con alegría el progreso de los otros y lo convirtamos en la motivación para seguir luchando por el nuestro. 

Te amamos y te exaltamos buen Padre, reconociendo que nuestra vida es exactamente lo que debe ser, pero que de nosotros depende que sea cada vez mejor, porque tú siempre has estado dispuesto a ir mucho más allá.

En el glorioso nombre de Cristo Jesús.

Amén.

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