La humildad está definida como una virtud humana atribuida a quien ha desarrollado conciencia de sus propias limitaciones y debilidades, y obra en consecuencia a ello.

El ejemplo que tomaremos para establecer un excelente marco de lo que contiene la virtud de ser humilde, es el de María la mujer que tuvo el privilegio de tener en su vientre a Dios hecho carne.

Los escritos acerca de esta preciosa mujer abundan, pero nos limitaremos a tomar como referencia lo que los evangelios hablan acerca de ella.

Según los registros bíblicos, María era una jovencita nacida en el seno de una familia sin muchos recursos económicos en un pueblo llamado Nazaret,  prometida en matrimonio a José, un carpintero del linaje de la casa de David, que tampoco pertenece a una familia socialmente reconocida, pese a ser descendiente de un rey.

El momento en que María entra en escena en la conversación con el ángel Gabriel quien vino para anunciarle los planes que Dios había establecido para su vida, nos revelan las virtudes de esta jovencita.

A pesar de su corta edad, María era una joven criada con los patrones de comportamiento de un buen creyente.

Analicemos verso a verso esta conversación registrada en Lucas 1: 28 – 38: 

El ángel entró a donde estaba María, la saludó y le dijo: 

—¡Dios te ha bendecido de manera especial! El Señor está contigo. 

María se sorprendió mucho al oír un saludo tan extraño, y se preguntaba qué significaba eso. 

Ella había sido enseñada acerca de los principios divinos y era una mujer humilde, quien comprendía su posición ante el Creador, razón por la cual, este saludo la sorprende.

Para nosotros la expresión “El Señor está contigo” ha perdido su verdadera importancia por haberla convertido en boca de muchos en una frase de cajón.

“El Señor está contigo” para María y para la mayor parte de las personas que vivieron antes de que el Espíritu Santo fuera impartido sobre los creyentes en Pentecostés, era un sueño hecho realidad, un privilegio único.

Y si añadimos a que Dios mismo estaba con ella, el hecho de que había decidido bendecirla de una manera especial, hacía apenas lógico el hecho de que ella se sintiera sorprendida.

El mundo venía de un periodo de cuatrocientos años de silencio por parte de Dios y ahora, de súbito el Señor había vuelto a hablar a Su pueblo y la había elegido a ella para escuchar de primera mano Su mensaje.

Entonces el ángel le dijo: 

—No tengas miedo, María, porque Dios te ha dado un gran privilegio. Vas a quedar embarazada; y tendrás un hijo, a quien le pondrás por nombre Jesús. Este niño llegará a ser muy importante, y lo llamarán “Hijo del Dios altísimo”. Dios lo hará rey, como hizo con su antepasado David; gobernará a la nación de Israel para siempre, y su reinado no terminará nunca. 

Dios la había elegido para una tarea que ninguna mujer nacida en un palacio tuvo jamás. Ella, una sencilla campesina, tendría la exclusiva oportunidad de albergar en su vientre el cuerpo que habitaría Dios mismo, para hacerse visible a la humanidad.

Ya el mensaje no era una profecía más, ahora la profecía sería visible ante los ojos de todos. El mensaje ya no sería un anuncio de lo que Dios estaba dispuesto a hacer por la humanidad.  Ahora estaba en curso un plan que antes era teoría y ella era la primera en verlo pasar a la práctica.

María le preguntó al ángel: 

—¿Cómo pasará esto, si aún no me he casado? 

Es natural que ella quisiera saber ¿cuál sería su participación? y ¿cómo sería hecho?

La pregunta de ella no está llena de tanta curiosidad como de disposición a hacer su parte.

Dios le envió este mensaje a través del ángel, y ella, lejos de plantearle a Dios lo que pensaba del asunto, o el riesgo al que quedaría expuesta, pues con ese embarazo se convertía en candidata a ser apedreada, estuvo dispuesta a darle curso a la voluntad de Dios, sin refutar nada en lo absoluto.

El ángel le contestó: 

—El Espíritu Santo se acercará a ti; el Dios altísimo te cubrirá con su poder. Por eso el niño vivirá completamente dedicado a Dios, y será llamado “Hijo de Dios”. 

El ángel le dió a conocer los detalles del asunto de modo que ella, con su escaso conocimiento, lo comprendiera.  

Lo único que ella necesitaba saber es que Dios haría todo y ella solo debía estar dispuesta a dejar que Él lo hiciera.

“El niño vivirá completamente dedicado a Dios y será llamado “ Hijo de Dios”, son frases para no tomar a la ligera.  

Toda madre ama a sus hijos y en cierta medida se apropia de ellos, de manera que hasta que ella muere o sus hijos faltan, ella quiere prestar su asistencia de toda manera posible; pero el ángel advierte:  “Ese ser que nacerá de ti, será Hijo de Dios, y su reconocimiento estará directamente vinculado a Él”  

“No te aferres a Él porque el curso de Su vida estará enfocado en servir y manifestar a Dios y no en desarrollar su compromiso familiar como lo haría cualquier otro hijo”.

Tu prima Isabel, aunque ya es muy vieja, también va a tener un hijo. La gente pensaba que ella nunca podría tener hijos, pero hace ya seis meses que está embarazada. Eso demuestra que para Dios todo es posible. 

Esta información la ofrece el ángel como una confirmación de lo que Dios decidió hacer. Todo lo que concernía al nacimiento, desarrollo ministerial y muerte de Jesús ya estaba escrito y debía cumplirse. 

Elizabeth era una muestra de ello. En su vientre, estéril y viejo se estaba gestando el hombre que abriría el camino a la predicación de Cristo:  Juan el Bautista

María respondió: 

—Yo soy la esclava del Señor. Que suceda todo tal como me lo has dicho. 

Y el ángel se fue. 

Es en esa expresión que hallamos una muestra magnífica de lo que la humildad es. 

María estaba dispuesta a servir como instrumento en las manos de Dios para traer al mundo a Jesucristo, para amamantarlo, cuidar de Él, hacer su papel de madre, pero comprender que no podía sujetar a ella algo que no le pertenecía.

Ser la madre de Jesús no cambiaba su posición de sierva, no la convertiría en nadie más que la mujer con una confianza y una fé tan grande en Su Señor, que no tenía problema alguno en ceñirse a Sus planes, porque sabía perfectamente en quién estaba depositada su fe.

Ella no estaba buscando el reconocimiento, ni tampoco Jesús se lo dió en ningún momento. No se llamó jamás a Jesús, el hijo mayor de María, sino el Hijo del Dios Altísimo.

Y no es que ella por eso haya perdido su privilegiado lugar entre todas las mujeres de la tierra, sino que cada plan que Dios ejecuta, tiene un instrumento que debe disponerse a permitir su ejecución.

Pero no es importante el instrumento en sí, sino quien lo usa. Por muy valioso que pueda ser un grifo de agua hecho en oro, si el agua no corre por él, termina siendo sólo un objeto decorativo.

La humildad es la virtud que nos sitúa en el lugar correcto frente a Dios y a nuestro prójimo. No somos más ni menos que lo que Dios dice que somos. No se trata de una falsa actitud de empequeñecerse para sonar “humilde”, ni de ser los más pobres, sino de comprender quién es Dios y quienes nosotros en Él.

No tengas una opinión más alta de tí que la que debes tener ― Dice Dios.

Oremos para que Dios nos revele nuestra verdadera posición en Su reino y ante Él:

Señor nuestro, precioso Rey, nos acercamos a ti, para rogarte que por tu misericordia podamos comprender a cabalidad nuestra naturaleza, posición y propósito en tu reino.

Necesitamos conocerte más profundamente, necesitamos saber quién eres tu, para que nuestro corazón no esté lleno de prepotencia y pretendamos creer que podemos imponer nuestros deseos y voluntad sobre la tuya.

Limpia nuestro corazón de todo orgullo, prepotencia y egoísmo y ayúdanos a aprender de María tan valioso ejemplo de humildad.

Tu eliges a quién quieres, como tu quieres y para lo que tu quieres y para tí no hay distinción diferente que la del corazón dispuesto.

Te amamos, te adoramos, queremos encontrarnos a diario contigo, queremos vivir bajo la consciencia de que tú habitas en nosotros a través de tu Santo Espíritu.

Gracias Padre Santo.  En Cristo Jesús.

Amén y amén.

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