Te amamos Señor, porque tú nos amaste primero.  No podemos ofrecer algo que no tenemos o hemos experimentado, por eso es necesario que aprendamos a sumergirnos en las aguas profundas de tu amor, de modo que podamos entender al otro y ayudarlo a construirse, como nos has ayudado tú.

Gracias por haber planeado amarnos desde el principio y habernos rescatado a través del amor.  Nosotros hemos experimentado apenas unas cuantas demostraciones de lo que el amor es capaz de entregar, pero aún queda demasiado por aprender acerca del amor.

Hoy comprendemos que amar es una decisión que se toma sin tener presente las emociones, porque no siempre amar es una tarea sencilla, máxime si el amor debe ser entregado en medio de escenarios de sufrimiento, como el que tú nos diste en la cruz.

Amar es hallar la joya preciosa que reposa en medio de lo turbio del lodazal de los pecados o del duro carbón de los resentimientos.

Amar es descubrir un corazón herido que necesita ser sanado, sin importar si al sanarlo corresponde de la misma manera, porque amar no es algo que esté relacionado con el mérito del otro, sino con la grandeza de quien ama.

Por eso Señor, queremos ser cimentados en el Amor de Cristo, estar íntimamente ligados, conectados, adheridos, fortalecidos y nutridos por la grandeza y la gloria de Su persona, de modo que podamos ser transmisores efectivos de ese amor.

Ese amor del que se habla en las manifestaciones humanas está viciado por intereses de todo tipo, pero el amor que procede de tí, es el único que nos conduce a vivir, en esta y la otra existencia.

Te adoramos Señor, inclinamos nuestro corazón delante de tí y te pedimos que entres en él, te suplicamos que te quedes a vivir y que a través de la obra incansable del Espíritu hagas de nosotros mejores personas cada día, la semejanza misma de nuestro amado Jesucristo.

Porque tú eres el amor hecho carne, el amor manifestado a toda la creación.

Amén y amén.

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