Dios de los cielos, Rey de toda gloria y poder, estamos profundamente agradecidos por todo lo que has hecho con nosotros, desde el día que nos rescataste de nuestra vana manera de vivir hasta hoy.

Te adoramos con todo nuestro corazón y desde lo más íntimo de nuestro ser, sabiendo que no es por nuestra habilidad, ni por nuestro gran valor o destreza que hemos podido vencer las batallas de la vida, sino por tu inmenso amor y gracia que nos ha sostenido.

Perdón Señor, por tanta necedad en insistir gobernar nuestra vida a nuestro parecer y antojo.  Seguir tu dirección es lo mejor que podemos hacer en tanto existamos, porque tu eres toda bondad y perfección.

Posiblemente todos nos hemos enfrentado a las duras circunstancias a las que nos condujeron nuestras malas decisiones, pero en este momento, como lo hicieron los hebreos, nos rendimos delante tuyo reconociendo que precisamos tu ayuda y que no tenemos el valor, la fuerza, ni la capacidad de vencer las pruebas solos.

Gracias por responder a nuestra oración, por ver en lo profundo de nuestro ser, la inmensa necesidad que tenemos de tí y por acudir en nuestro auxilio.

No importa si otros piensan que no vamos a lograrlo, porque nuestras armas no son como las que se usan en este mundo; nosotros tenemos garantizado el triunfo bajo la intervención de tu poderosa mano.

Para toda batalla requerimos tener claro lo que Cristo, que es la luz que ilumina nuestras vidas, consiguió para nosotros y entregó a nuestro favor.

Debemos entender que somos comunes vasijas de barro, que aunque frágiles, al ser quebradas, dejan ver la gloria del poder que lo conquista todo.

Nos corresponde elevar un cántico de adoración, un grito de victoria, una plegaria de agradecimiento delante tuyo Señor, sabiendo que todo lo bueno que obtenemos proviene de tu preciosa mano.

Gracias por habernos ayudado hasta aquí y por seguirnos ayudando el resto de nuestras vidas Papá.

En el precioso nombre de Jesucristo, 

Amén y amén.

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