Gracias Padre de toda bondad por haber traído a nuestro Señor Jesús a la tierra en la misma humanidad que todos nosotros, porque de ese modo pudimos entender con claridad el tamaño de tu amor y lo inmerecido que es nuestra salvación.

Esa promesa fue hecha desde el principio, ese plan fue orquestado desde el comienzo de los tiempos, cuando tú que eres soberano supiste que no podríamos lograrlo sin tu ayuda.

No hay bondad mayor que la que nos fue entregada y la recibimos en medio de animales y en precarias condiciones, dejando en claro que así como el lugar en el que nació nuestro amado Señor Jesús estaba en condiciones antihigiénicas, también nuestro corazón estaba lleno de podredumbre cuando tú te acercaste a nosotros.

Celebramos la fidelidad tuya Señor al entregarnos la liberación prometida con tanta anticipación y nos sentimos agradecidos de ser parte de tu pueblo, ovejas de tu prado, tus servidores, tus hijos.

Nos alegramos porque con ese nacimiento vino la reconciliación que necesitábamos para poder establecer fuertes lazos que nos unan en torno ya no de apenas una conmemoración o una actividad rutinaria, sino en de la vida misma, de la salvación y el gozo de un futuro diferente.

Hoy nos queremos reunir juntos para festejar la paz, el amor, el perdón, la reconciliación que recibimos en el Señor Jesús.

Entregamos nuestras cargas, levantamos nuestros brazos y doblamos nuestras rodillas en señal de rendición y de adoración.

Presentamos nuestra ofrenda de gratitud y nuestros cuerpos dispuestos a vivir en integridad, a proclamar las buenas nuevas de salvación y a permitir que tu Santo Espíritu siga obrando para llevarnos cada vez más cerca de la semejanza de Cristo.

Te amamos y te adoramos Señor y Rey.

En Jesús nuestro preciado regalo de vida.

Amén y amén.

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