Son tantas las bendiciones que sólo queda exclamar con David: Estamos bebiendo de los manantiales de tu bondad y gracia, y son tan superiores a lo que cualquiera de nosotros ha pensado, que  producen en nuestro interior una profunda admiración.

 

Por lo cual, reconocemos junto a él a viva voz, que: Ciertamente tu bondad y tu amor inagotable me seguirán todos los días de mi vida,  y en la casa del Señor viviré por siempre.

 

Reconociendo que esa provisión tuya, nos acompaña desde nuestro nacimiento hasta más allá de nuestra partida de este plano terrenal.

 

Tenemos y contamos con tu ayuda, cada instante de nuestros días y cada momento de nuestra eternidad.

 

Nos amas es indudable, tanto como para darte a la tarea de cuidar de cada uno de nosotros individualmente, como ese gran pastor que conoce su rebaño.

 

Como lo escribió el apóstol Juan, en el capítulo 10 versos 27 y 28 registrando las palabras de Jesús: Mis seguidores me conocen, y yo también los conozco a ellos. Son como las ovejas, que reconocen la voz de su pastor, y él las conoce a ellas. Mis seguidores me obedecen, y yo les doy vida eterna; nadie me los quitará.

 

Compartimos contigo nuestra cotidianidad y sabemos distinguir tu voz hablando a lo profundo de nuestro corazón.  Te vemos en el arcoiris que se muestra cruzando el cielo para anunciar que tus pactos son inquebrantables.

 

Del mismo modo, inquebrantable es la promesa de nuestra redención.  Tu nos has dado vida eterna y esa vida consiste en conocerte a tí y conocer a Cristo y su obra por nosotros.

 

Nos sentimos absolutamente agradecidos y felices, nadie podrá arrebatarnos de tu mano.  Tu decidiste hacernos tus hijos, tu pueblo, las ovejas de tu redil y ninguna de las que tu cuidas, amas y proteges, se perderá.

 

¡Qué gran alegría saber que no depende únicamente de nosotros, sino que tu estás en el asunto!

 

Tu vas delante nuestro y te aseguras de que no estemos cerca del peligro, pues cuando te seguimos, tu nos proteges, nos cuidas y nos provees.

 

Tu vas con nosotros y más allá del valle de nuestras tristezas y angustias, nos llevas a nuestro lugar de descanso.  Si hemos sufrido heridas en la jornada nos sanas y nos das a beber de tu palabra para recobrar ánimo.

 

¡Cuánta gracia tienes como nuestro gran Pastor, para cuidarnos!

 

Celebramos contigo el haber sido constituidos ovejas de tu prado, porque reconocemos que, aunque las ovejas no sean los animales más listos, cuentan con un gran pastor que estuvo listo para dar su vida por ellas.

 

Te amamos grandioso Dios.

 

En el nombre de Cristo Jesús, nuestro gran Pastor.

Amén.

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