El trastorno de ansiedad es el padecimiento de este siglo que afecta a adultos de ambos géneros igualmente, y se ha extendido hasta alcanzar a afectar una parte de la población infantil.

Las personas que sufren de ansiedad se preocupan por las cosas cotidianas, permanecen inquietas, no se concentran, no duermen bien, tienen constantes dolores de cabeza, musculares o de estómago, tienen molestias inexplicables, se mantienen irritables y se distraen con facilidad.

 

La ciencia médica ofrece tratamientos provisionales para controlarlo, sin embargo, Dios nos ofrece el remedio definitivo para erradicarlo.

 

Mateo 6: 25-33 tiene la receta: «Por eso les digo que no se preocupen por la vida diaria, si tendrán suficiente alimento y bebida, o suficiente ropa para vestirse. ¿Acaso no es la vida más que la comida y el cuerpo más que la ropa? Miren los pájaros. No plantan ni cosechan ni guardan comida en graneros, porque el Padre celestial los alimenta. ¿Y no son ustedes para él mucho más valiosos que ellos? ¿Acaso con todas sus preocupaciones pueden añadir un solo momento a su vida?

»¿Y por qué preocuparse por la ropa? Miren cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni cosen su ropa; sin embargo, ni Salomón con toda su gloria se vistió tan hermoso como ellos. Si Dios cuida de manera tan maravillosa a las flores silvestres que hoy están y mañana se echan al fuego, tengan por seguro que cuidará de ustedes. ¿Por qué tienen tan poca fe?

»Así que no se preocupen por todo eso diciendo: “¿Qué comeremos?, ¿qué beberemos?, ¿qué ropa nos pondremos?”. Esas cosas dominan el pensamiento de los incrédulos, pero su Padre celestial ya conoce todas sus necesidades. Busquen el reino de Dios por encima de todo lo demás y lleven una vida justa, y él les dará todo lo que necesiten.

 

La preocupación es el detonante principal de la ansiedad y preocupación, significa precisamente: “ocuparse con anticipación de algo”.  

 

El Señor Jesús está mostrándonos cuál es el origen del problema: “Ustedes están afanados por las cosas materiales, están tan enfocados en lo que sus cuerpos necesitan y ustedes desean, que se han olvidado de lo primordial: Su vida espiritual”.

 

Es importante notar que el Señor no está hablando de un estado de necesidad tan grande en el que no hay con qué vestirse o qué comer.   Está hablando de la constante necesidad que tenemos de conseguir más. 

 

No vivimos contentas con lo que tenemos, siempre queremos más.  Y no es que progresar o conseguir las cosas que anhelamos tener sea errado.  El problema es que ese deseo se transforme en una presión que nos robe la tranquilidad.

 

Somos personas inclinadas a compararnos todo el tiempo. Ese problema se remonta al Edén.  Génesis 3:5 nos dice cuál fue la motivación que usó Satanás para engañar a Eva: Dios sabe muy bien que, cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios. 

 

Ella quería ser “como Dios”. Nosotras continuamente cometemos el mismo error.  Nos comparamos con nuestra vecina, nos comparamos con la chica de la revista con el cuerpo que se ajusta a los parámetros que la sociedad considera debe cumplir una mujer atractiva.   Nos vivimos comparando todo el tiempo.   

 

Y las comparaciones son un arma de doble filo, porque siempre estaremos en el escalón del medio, sea en el ámbito corporal, financiero o social. Cuando  hallamos que nos falta lo que otras personas han conseguido y nos llenamos de envidia y si vemos que tenemos más que otras personas, nos llenamos de orgullo.

 

Somos únicas. Nuestro parámetro de comparación es Cristo.  No precisamos de estarnos comparando con nadie más. No necesitamos sufrir crisis de ansiedad por estar corriendo a conseguir aquello que nos haga subir un escalón más para volver a notar que el escalón de arriba es infinito.

 

El Señor hace el diagnóstico e inmediatamente con él, da la receta.  “Deténganse a mirar mi creación para que comprendan lo que ustedes valen para Mí y el cuidado que les ofrezco”.  

 

Y usa dos preciosos ejemplos: El primero las aves, que son animales sumamente frágiles y de corta vida.  Ellas recolectan su alimento a diario, no tienen depósitos donde guardar para un mes o un año. Nuestra vida también es frágil y pasajera.  Dios está diciéndonos: “las aves han comprendido aquello que es fundamental, la dependencia de Mí.

 

Y el segundo: Los lirios del campo.  Esa referencia que usa el Señor, la hace no solamente a la especie floral de los lirios como tal, sino a todas las flores silvestres que adornaban los campos Galileos.  Las compara con el rey que más riquezas tuvo en Israel: Salomón. Ni siquiera él, con todo el dinero y las famosas telas que recibía como presente de otros reinos, logró vestirse como una flor silvestre.

 

Esa comparación va mucho más allá del tema del color y el diseño. El vestido es una prenda que ofrece cobertura y protección al cuerpo.  Salomón, contrario a ellos, había cambiado a Dios que era su cobertura espiritual, para ir tras los dioses que adoraban las mujeres con las cuales se relacionaba.

 

¿Será que igual que Salomón, también nosotras, hemos desechado la cobertura y la protección de Dios, para vestirnos de apariencia y mantener nuestra posición ante la sociedad?

 

La receta que cura toda ansiedad contiene tres elementos: 

Uno:  Necesitamos ocuparnos de lo eterno, de nuestra relación con Dios, reconociéndolo como lo primordial en nuestro diario vivir. 

 

Dos: Vivir vidas conforme al Espíritu, en las cuales se manifieste en nosotros la naturaleza de Cristo.

 

Tres: Tener la certeza de que Dios conoce todas nuestras necesidades y está interesado en suplirlas conforme a Su buena voluntad.

 

Esa, mis queridas y preciosas mujeres, es la receta para resolver la ansiedad que nos impide vivir vidas plenas y llenas de gratitud y alegría.

 

Dios quiere sanar nuestras vidas de este trastorno, de una vez y para siempre. 

 

Presentémonos delante de Él para decir con confianza:  

 

Amado Señor, te damos infinitas gracias por traer a nuestras vidas la revelación de tu palabra y con ella, la liberación de este mal que nos aqueja.

 

Tu eres el único que puede hacernos vivir en completa paz y definir nuestro valor.  No somos lo que nuestra sociedad dice que somos, somos tus hijas, creación tuya.

 

Perdónanos Señor por todas las ocasiones en que nos comparamos con otras personas y nuestro corazón se llenó de envidia o de orgullo.

 

Límpianos de toda maldad, sé nuestra cobertura para que no haya en nosotras esa necesidad de usurpar el lugar de alguien más para sentirnos satisfechas.  

 

Hemos sido hechas únicas y debemos parecernos a nuestro amado Señor Jesucristo, en su forma de creer, pensar, hablar y actuar.

 

Revisa nuestro corazón y muéstranos todo aquello que debe ser mudado, para que podamos convertirnos en mujeres fuertes, valiosas, centradas y ejemplares.

 

Somos hijas, esposas y madres y nuestra influencia en nuestras familias y en la sociedad no debe ser tomada a la ligera. 

 

Ayúdanos a constituirnos en hijas respetuosas y amorosas, en ayuda idónea para nuestros esposos, en madres sabias para nuestros hijos.

 

Deseamos ser contadas como mujeres virtuosas.  Aquellas que comprenden que la belleza externa es temporal y engañosa, pero la belleza interna es renovada cada día y permanente.

 

Somos el reflejo de tu amor, permítenos verte en cada persona con quien nos relacionamos y compartir un abrazo, una palabra, un gesto, una sonrisa o un pan con aquellos que lo necesitan.

 

Te reconocemos como nuestro Señor y Salvador.

 

Te necesitamos como nuestro Sanador y Liberador.

 

Que este mensaje podamos compartirlo con muchas más personas que están atrapadas en este terrible trastorno de ansiedad.

 

Te adoramos y te bendecimos.

 

En Cristo Jesús.  Amén.

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