Rey y Dios nuestro, te alabamos y te bendecimos porque todos los días tu amor se manifiesta en nuestras vidas y nos llena de alegría, paz y esperanza.

 

Gracias por haber diseñado un plan de salvación, a través del cual nos elegiste y nos constituíste como tu pueblo, limpiándonos de toda nuestra maldad, por medio de la muerte de Jesucristo y la obra regeneradora del Espíritu Santo, con el objetivo de que seamos obedientes a tu voz.

Alabarte debe convertirse en uno de los principales deseos que broten genuinamente de nuestro corazón, porque hemos recibido bendiciones sin medida de tu mano.

En medio de un mundo lleno de caos y pecado que se originó en el capricho de los seres humanos por vivir sometidos a nuestros propios deseos carnales, tu enviaste tu gracia en nuestro rescate.

 

Eres tú quien nos has hecho nacer de nuevo y nos diste una vida con esperanza. Sin importar que tan insignificantes o bochornosos nos hayan parecido nuestros pecados, tú los perdonaste todos y nos entregaste una vida nueva, tal como un libro en limpio, listo para ser escrito desde la destreza de la experiencia.

Con ese acto demostraste ampliamente tu amor por nosotros y tu gran poder, con el que también resucitaste el cuerpo de Jesucristo de entre los muertos, de modo que pudiésemos entender que al haberse cumplido todo lo dicho sobre Él, también sobre nosotros será cumplido todo lo que tu prometiste.

Tus profetas anunciaron con suficiente antelación los eventos que habrían de suceder con Cristo y todos fueron cumplidos uno tras otro, para demostrar tu absoluta fidelidad a tus promesas.

Gracias a ello, nuestro corazón reposa confiado, sabiendo que también en la vida de cada uno de nosotros se habrán de manifestar tus palabras de prosperidad y bendición en cada una de las áreas de nuestra vida, Señor.

Todo lo que tu tienes reservado para nosotros, guardado en el cielo, no puede deteriorarse, mancharse, destruirse o marchitarse, porque es eterno y nos pertenece desde antes de la fundación del mundo cuando nos elegiste, y será puesto a nuestro alcance en el momento preciso.

En esta vida podemos enfrentar situaciones difíciles que nos dejen tristes, abatidos, nos hagan sentir desamparados, nos priven de personas, de afectos, de posesiones o de reconocimientos, pero en medio de todo ello, la esperanza que proviene de ti, levanta bandera para recordarnos que no hay nada en esta tierra que perdamos por causa de seguirte, que no nos sea devuelto con creces.

Declaramos nuestra entera confianza en tí Señor, sabiendo que tú nos proteges con tu poder para que seamos salvados, tal como lo planeaste desde el principio.

Vivimos en medio de las mismas luchas de quienes se rehúsan a recibir tu ayuda o a atender a tu voz, pero a diferencia de ellos,  aún en medio de las más grandes crisis, sentimos tu presencia alentándonos a continuar, impartiéndonos las fuerzas necesarias para vencer y mostrándonos el gran amor con el que cuidas de nuestra integridad.

Por eso, aun cuando, por algún tiempo, tengamos que pasar por muchos problemas y dificultades, ¡nos alegramos! porque vemos la vida desde la óptica correcta y disfrutamos de todo lo que creaste para nosotros.

Vivimos pérdidas, si, pero es mucho más lo que ganamos y tenemos que agradecer. 

Enfrentamos enfermedades, pero también hemos experimentado las ventajas de estar sanos.

Tenemos diferencias con las personas que amamos, pero también gozamos de la alegría de sentir su cariño manifestado de todas las maneras posibles, en abrazos, besos, cuidados, mensajes y toda clase de actos.

Hemos aprendido a descubrir la belleza de vivir, pese a todo lo que pueda sucedernos, porque tú nos mostraste lo valioso que es tener esta oportunidad de relacionarnos contigo y con nuestro prójimo.

Lo importante de las buenas temporadas o de las etapas de dificultad, es que en ambas te descubrimos de maneras diferentes y nuestra vida es enriquecida por los valores que vas forjando en nuestro carácter.

La confianza que nosotros tenemos en tí Dios, es como el oro: así como la calidad del oro se pone a prueba con el fuego, la confianza que nosotros tenemos en ti se pone a prueba con los problemas. 

Somos nosotros quienes debemos demostrar nuestra confianza en tí, porque ya tú demostraste todo tu amor, tu gracia, tu misericordia, tu poder y tu perdón para cada uno de quienes decidimos recibirlo y aún para quienes se rehúsan a hacerlo.

Si pasamos la prueba, nuestra confianza será más valiosa que el oro, pues el oro se puede destruir.  Por eso nos aferramos a tus promesas, a tu mano y a tu gracia, sabiendo que todas ellas nos llenan de esperanza suficiente para atravesar cualquier situación adversa.

Cuando nos sentimos angustiados, recordamos que no existe prueba a la que seamos sometidos, que supere nuestra capacidad para enfrentarla y que tus oídos permanecen atentos al clamor de nuestra voz para poner en ejecución todo lo que se necesite para ayudarnos a salir triunfantes.

Nuestra fe debe ser genuina y por ello, tú nos diste tu Espíritu Santo que nos ayuda a crecer y a refinarla con su guía y su apoyo, así, cuando Jesucristo aparezca, hablará bien de la confianza que nosotros tenemos en tí, porque una confianza que ha pasado por tantas pruebas merece ser alabada.

Aunque nunca hemos visto a Jesucristo, lo amamos y creemos en él, y tenemos una alegría tan grande y hermosa que no puede describirse con palabras. Vivimos  alegres porque ya sabemos que tu nos salvarás, y por eso confiamos en tí.

Desde tiempos antiguos, enviaste a tu Espíritu Santo para enseñarle a tus profetas todo acerca de la salvación que nos entregaste.  Antes de que Jesús hubiera nacido, ya ellos, habían anunciado todo lo que Él debería sufrir aquí en la tierra, a cambio de nuestra liberación, pero también todo lo hermoso que sucedería después.

Sin embargo, aunque ellos anunciaron todo lo que habría de suceder, no tuvieron la oportunidad de verlo suceder en su tiempo, por más que hubiesen intentado saberlo, pero nosotros tenemos el privilegio de conocer la historia completa, Señor.

Ese precioso mensaje que nos entregaron todos los hombres que tú elegiste para ese propósito, es sobre el cual, reposa nuestra esperanza de que regrese Cristo a la tierra y podamos tener ese maravilloso encuentro.

Su tarea fue tan especial y única, por contar con la guía y poder del Espíritu Santo,  que los ángeles mismos hubieran querido realizarla. 

Por eso, debemos estar atentos y pensar bien lo que vamos a hacer, para que siempre hagamos lo correcto. pues es la manera en que podemos corresponder a una salvación tan grande, que nos permite confiar plenamente en que tú nos tratarás bien cuando regrese Jesucristo.

Nos decidimos a vivir como hijos obedientes, pues antes de que conociéramos la buena noticia acerca de Jesucristo, hacíamos todo lo malo que queríamos. Pero ahora debemos obedecerte en todo, como buenos hijos. 

Así que no hacemos lo malo, sino que nos mantenemos apartados del mal, porque tú nos elegiste para ser tu pueblo. En las escrituras, tú nos dices: «Yo soy un Dios diferente a los demás, por eso ustedes deben ser diferentes a las demás naciones.»

Tu eres un juez que no tiene favoritos, y serás quien decida si merecemos ser castigados o premiados, según lo que cada uno de nosotros haya hecho y decidido.

Así que, nosotros que decimos que tu eres nuestro Padre, debemos honrarte en este mundo todos los días de nuestra vida. Porque tú nos libraste de ese modo de vida, que es poco provechoso, y que habíamos aprendido de nuestros antepasados. 

Y bien sabemos que, para liberarnos, tú no pagaste con oro y plata, que son cosas que no duran; al contrario, pagaste con la sangre preciosa de Cristo. 

Cuando Cristo murió en la cruz, fue ofrecido como sacrificio, como un cordero sin ningún defecto. Esto es algo que tú habías decidido hacer desde antes de crear el mundo, y Cristo apareció en estos últimos tiempos para bien de nosotros.

Por medio de Cristo, nosotros creemos en tí Padre, quien lo resucitaste y le diste un lugar de honor en tu reino. Por eso, nosotros hemos puesto nuestra confianza en ti, y estamos seguros de que tú nos darás todo lo que nos has prometido.

Ahora nosotros obedecemos el verdadero mensaje tuyo, y tú nos has limpiado de todo pecado, para que podamos amarnos unos a otros sinceramente, como hermanos. 

Así que, entendiendo este principio, tomamos la decisión de amarnos mucho unos a otros, con todo nuestro corazón y con todas nuestras fuerzas. 

Tu nos has cambiado nuestro modo de vivir. Es como si hubiéramos vuelto a nacer, pero ya no de padres humanos, que finalmente mueren, sino gracias a tu mensaje. Y es que ese mensaje imparte vida y nada puede destruirlo. 

Pues tu palabra dice:  «Todo ser humano es como la hierba; y su grandeza es como las flores: la hierba se seca, y las flores se caen, pero la palabra del Señor permanece para siempre.»

Y esa Palabra es la buena noticia que el Señor Jesucristo les ha enseñado.

Te damos infinita gloria, honra y alabanza, porque es por ese mensaje de salvación y vida eterna, que abrigamos la más sublime y completa esperanza en que un día finalmente podremos verte cara a cara y todo será perfecto.

 

Gracias precioso Dios, gracias Padre, gracias Jesucristo, gracias Espíritu Santo por el incomparable regalo de la salvación y por la esperanza que derivó de conocer la gracia y el amor que la sostienen.

 

En el nombre de Cristo, todo honor y exaltación sean a tí Señor

 

Amén y amén.