Gracias Señor porque eres el mismo desde ayer, hoy y por los siglos.  No cambias de parecer, tu amor por nosotros no se agota, ni te rindes cuando nos tardamos en aprender o en corregir nuestros malos comportamientos.

Tu eres paciente y compasivo, sabes que tenemos muchas debilidades y para enfrentarlas necesitamos de tu ayuda.

Tus decisiones son al mismo tiempo  verdaderas y justas. Yo prefiero tus decisiones  más que montones de oro, me endulzan la vida más que la miel del panal.  Me sirven de advertencia; el premio es grande si uno cumple con ellas.

Cuando enfrentamos adversidades o somos probados de cualquier manera, tenemos la certeza de que cualquiera que sea tu decisión al respecto, será justamente la correcta.  

A veces nos hemos empeñado en hacer algo o en permanecer en una conducta o en prolongar una relación, o en realizar un trabajo, un viaje, un negocio que nos traerá consecuencias perjudiciales, pero tu has intervenido para librarnos de ellas.

De momento no lo entendemos, pero con el tiempo, terminamos sabiendo que tu misericordia nos libró del daño.

No es que solamente nos guarda del mal, el seguir tu consejo Señor, es que también nos premia con recompensas de bienestar, tanto para nosotros como para los nuestros, tanto en esta vida temporal, como en la eterna.

Pero quienes no entienden tus mensajes de alerta, cuando los planes se frustran, las personas se alejan, los negocios fracasan o las pérdidas de cualquier tipo acontecen, llevan consigo el daño y terminan culpándote.

Nadie parece darse cuenta de los errores que comete.  ¡Perdóname, Dios mío, los pecados que cometo sin darme cuenta!

Es muy fácil cometer errores mi Señor, pero no siempre estamos dispuestos a reconocerlos, es más, algunos de ellos están velados ante nuestros ojos y no tenemos la consciencia de que nos están dominando.

¡Líbrame del orgullo! ¡No dejes que me domine!  Ese es uno de los principales problemas que tenemos las personas.  Nos sentimos capaces, autosuficientes, indispensables y ese es el principio que nos lleva a cometer más errores.

Cuando pensamos que no necesitamos ayuda, es cuando más la precisamos.

No permitas mi Dios que viendo que avanzo, que gano, que prospero, que progreso, mi corazón se llene de orgullo y sienta que todo ese éxito provino de mi.

Todo lo bueno procede de tí y nada tengo que no haya recibido.  No quiero tomar para mí los créditos que te pertenecen.

¡Líbrame de la desobediencia para no pecar contra ti!

Ya supe lo solo que me puede hacer sentir el pecar contra ti.  No es que te vas de mi lado, no es que me abandonas, es que cuando me siento culpable, mis ojos pierden la capacidad de verte y sentirte cerca.

Soy yo quien ignora tu presencia porque la vergüenza de la culpa se interpone entre nosotros.

No quiero volver al lugar desde donde tu me sacaste. Pero si caigo, sé que tu amor y tu perdón están dispuestos a ayudarme a levantar.

¡Tú eres mi Dios y mi protector! ¡Tú eres quien me defiende!  Mi seguridad depende de la tranquilidad que me produce reconocerte como mi Padre.

No estoy solo, huérfano o desamparado.  Tu eres quien me esconde en la palma de tu mano, quien me resguarda bajo tus alas y quien pelea por mí.

Gracias porque tu Señor, eres el vencedor, el infalible guerrero que  que pelea por mí y me libra de las garras del mal.

¡Recibe, pues, con agrado lo que digo y lo que pienso!  Quiero mi Señor, que al abrir mi boca mis palabras también te sean gratas, que reflejen tu presencia en mi vida, que correspondan a tu misma naturaleza, porque soy tu hijo.

Quiero tener pensamientos limpios, puros, generosos, agradables, edificantes, llenos de fe, de esperanza, de amor, de verdad y de vida, porque ellos son los que conducirán mis actos y formarán mis hábitos.

Quiero ser como tu Señor, quiero comunicar tu presencia, tu bondad, tu amor y tu compasión, desde cada uno de mis actos, desde mi entorno, desde mi andar, mucho más que desde mis palabras.

Hoy tengo la completa convicción de que continuamente y a través de todo nos hablas.

Quiero descubrir la mayor cantidad de tus mensajes en mi día a día, pues de ello depende mi crecimiento, Papá.

En el nombre precioso de Cristo.

Amén y amén

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