PODEROSA ORACIÓN DE LA MAÑANA, PARA QUE DIOS RESGUARDE NUESTRA VIDA

Tu me ocultas entre tus manos y nadie me arrebatará de ellas. Tu ruges como león para librarme de la maldad que procura devorarme, porque yo soy tu niño, no me dejarás abandonada a mi suerte. ¡Nunca lo harás! Eres un Padre sin igual.

Tú me darás la victoria sobre mis enemigos; yo, por mi parte, cantaré himnos en tu honor, y ofreceré en tu templo sacrificios de gratitud.

Tu me darás la victoria sobre el orgullo que me gobierna por momentos y me impide reconocer tu intervención y tu provisión en todo asunto.

Tu me darás la victoria sobre la envidia que no me permite alegrarme con el progreso de mi hermano o con sus logros. Que me impide disfrutar lo que tengo por fijarme en lo que según mi parecer me falta.

Tu me darás la victoria sobre la ansiedad que se lanza sobre mí para devorarme, porque me preocupo de más por el día de mañana, sabiendo que el mañana está en tu mano y bajo tu dominio y tus planes para mí son de bendición.

Entonces yo cantaré con gozo, agradecido por todo lo que me has permitido aprender, crecer, recibir y dar.

Dios mío, te estoy llamando: ¡escúchame! Ten compasión de mí: ¡respóndeme!

Esa es mi oración continua, porque como humano, cuando las crisis entran a sacudir mi mundo no las veo como lo que son, entrenamiento para pulir mi carácter, abono para hacer florecer mis virtudes, oportunidades de poner en marcha mi creatividad.

Aún así, pese a que mi oración pudiera ser tan breve como esa, porque mi corazón se siente abatido, tu respondes y me guardas, me proteges, me pones en lugar seguro, me consuelas, me sostienes y me sustentas.

Una voz interna me dice: «¡Busca a Dios!» Por eso te busco, Dios mío.

Eres tu quien puso dentro de mí ese anhelo por hallarte, por encontrarte, por saciar mi sed en los manantiales que provienen de tu presencia, de tus palabras, de tu amor.

Me diste tu Santo Espíritu para que continuamente me recuerde lo aprendido de ti, tus promesas, tu amor; para que transforme todo mi ser y me ayude a soportar las tormentas que la vida ofrece.

Yo estoy a tu servicio. No te escondas de mí. No me rechaces. ¡Tú eres mi ayuda!

Dios mío, no me dejes solo;  no me abandones; ¡tú eres mi salvador!

Te digo en la mañana y en la noche y en el momento de mi angustia, cuando le permito a las dudas vendar mis ojos para no verte.  Pero tu siempre estás, atentos permanecen tus oídos al clamor de mi voz.

 

Mis padres podrán abandonarme, pero tú me adoptarás como hijo.

No importa si ellos no sintieron tanto amor por mí, o me cuidaron de la manera que lo espere, no importa aún si me hubiesen dejado solo o no hubieran sido lo que yo esperaba; también ellos tienen sus propias luchas y yo perdono todas sus falencias.

Dios mío, por causa de mis enemigos dime cómo quieres que viva y llévame por el buen camino.  

Tengo puestos los ojos de los envidiosos sobre mí y continuamente señalan lo que hago para menospreciarme, pero tu conoces lo profundo de mi corazón y sabes que también estoy en proceso de mejoramiento continuo.

No dejes que mis enemigos  hagan conmigo lo que quieran. Falsos testigos se levantan,  me acusan y me amenazan.

Ayúdame Señor a desechar de mi corazón las críticas malintencionadas de quienes no tienen compasión, de aquellos que hablan mintiendo acerca mío, porque sus corazones resentidos no les permite ver lo bueno, sino que están centrados en hallar mis desaciertos.

Sálvalos también a ellos de toda esa amargura que le quita el brillo a sus días y no los deja avanzar.  Revélate a sus vidas y llénalos de tí.  

¡Pues yo sé que viviré para disfrutar de tu bondad junto con todo tu pueblo!  Por eso me armo de valor, y me digo a mí mismo: «Pon tu confianza en Dios. ¡Sí, pon tu confianza en él!»

No estoy solo, somos muchos quienes tenemos el privilegio de llamarnos “tus hijos” y también, quienes buscamos continuamente llenarnos de tu presencia y vivir vidas que te agraden.

Cuida de todos aquellos que pusiste a mi lado y en mi vida, para que también ellos puedan elevar sus manos a tí, agradeciendo todo lo que nos entregaste por amor.

Mi confianza está puesta en ti mi Señor. Gracias Rey y Salvador mío. Gracias infinitas Padre de toda bondad.

En Jesucristo, nuestro gran tesoro.

Amén.

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