Padre santo te damos gracias por habernos elegido para ser parte de tu reino aún cuando no habíamos nacido, ni se había manifestado nuestra maldad.

 

Planeaste rescatarnos por tu gran amor y  nos enviaste la buena noticia de salvación en el momento justo en que nos sentimos apresados por el pecado.

 

Gracias por habernos dado tu Santo Espíritu como sello y garantía de que tu palabra será cumplida en nosotros, así como ayuda para llevar nuestro actuar cada vez más cerca de la semejanza de Cristo.

 

Ayúdanos a examinarnos a diario y haznos reconocer los errores en que incurrimos para poder cambiar el rumbo cuantas veces sea necesario, pues el objetivo de nuestra vida no es otro que el de obedecerte.

 

Bendecimos a aquella persona que sirvió de mensajero tuyo para comunicarnos tan importante verdad y nos sumamos al gran número de auténticos creyentes que aguardan con esperanza el momento de nuestro encuentro contigo.

 

Vivir es un privilegio que nos permite cumplir el propósito al cual hemos sido llamados, pero morir, nos da la dicha de verte cara a cara, por lo cual, abandonamos todo temor en nuestro corazón.

 

No hay amor más grande que el tuyo que pusiste tu vida en reemplazo de la nuestra para que fuéramos liberados del castigo merecido.

 

¡Somos felices de haber recibido semejante regalo!

 

Hoy nos rendimos una vez más delante de ti, reconociendo que tu eres el único que deseamos ver gobernando nuestra existencia.  Tu eres lo mejor que le sucedió a nuestra vida.

 

Te adoramos, te bendecimos, anhelamos permanecer confiados en tu presencia cada instante de nuestras vidas.

 

Te rogamos que permanezca en nuestro interior la alegría que proviene de sabernos salvos y la intención continua de compartirla con todos los que se sienten perdidos.

 

En Jesucristo, nuestro amo y Señor,

 

Amén.

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