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Esta es una historia un tanto impresionante como la mayoría de las historias que se escriben cuando la justicia humana es la que interviene y deja de lado la justicia divina.

 

Somos personas dotadas de un instinto natural de supervivencia, que nada tiene que ver con una actitud vengativa.

 

En algunos países se escribieron leyes para justificar a personas por cometer actos violentos, alegando que estaban bajo el efecto de la ira y el dolor intenso.

 

Sin embargo el caso que tendremos presente en esta corta reflexión no está enmarcado en ella.

 

Jael es la mujer en cuestión, una persona que saltó del anonimato a las páginas de la biblia en un acto deliberado.

 

La historia que rodea ese hecho está relacionada con la tiranía de un hombre llamado Sísara, capitán del ejército cananeo quien por veinte años había estado oprimiendo el pueblo judío.

 

Sísara era tan arrogante como cruel. Dominaba el ejército del rey Jabín con novecientos carros de hierro que para la época eran todo un despliegue de guerra, ante el cual, era natural sentirse intimidado.

 

Pero levantó Dios una jueza, llamada Débora, mujer de gran valor, que junto a Barac organizó un ejército de valientes diez veces más pequeño, pero lleno de la esperanza divina de la victoria.

 

En lo crudo de la batalla y viéndose perdido, Sísara, buscando refugio, huyó a las carpas, que eran armadas por las mujeres, quienes eran sumamente diestras en la tendida y recogida de ellas.

 

Jael, la esposa de un hombre llamado Heber, lo recibió con aparente intención de ayudarlo y lo hizo seguir a su tienda.

 

Le mostró su supuesta gentileza al ofrecerle leche y una manta para cubrirse, pues la lluvia había empapado su traje y se hallaba agotado por la extenuante batalla.

 

Le hizo creer que iba a esconderlo, que negaría haberlo visto para encubrir su huida, y fue tan creíble, que Sísara se quedó dormido.

 

Jael, hábil en el uso del mazo y la estaca con que templaba las carpas, hizo gala de su habilidad y clavó una estaca en la cabeza de Sísara atravesando sus sienes.

 

La victoria sobre Sísara había sido profetizada, pero Jael tomó la justicia en su mano y lejos de haberlo entregado a Barac, tomó la venganza ella misma.

 

El fin no justifica los medios, reza el refrán.

 

¿Cuántas veces en nuestra vida nos hemos sentido identificadas con la actitud de Jael?

 

Hemos planeado con detalle la manera de “cobrar” el dolor que alguien más nos infringió y aunque no hayamos tomado literalmente su vida, hemos destruido su imagen con nuestros comentarios malintencionados.

 

Destruir la reputación de alguien, es el equivalente al asesinato moral.

 

Ella usó su posición, su habilidad y la necesidad de Sísara para destruirlo. 

 

Quizás justifiquemos nuestros actos en la maldad del otro, pero cuando comprendemos que la venganza corresponde a Dios y el perdón a nosotras, podemos librarnos del impulso de tomar la justicia en nuestra mano.

 

Posiblemente no tendremos el alcance de Jael, o de su actitud engañosa para lograr nuestro cometido. Pero toda justicia humana que no es hecha en el orden de Dios, es considerada para Él como “trapos de inmundicia”.

 

Esos “trapos de inmundicia” hacen referencia a las toallas sanitarias de la época, con los que se contenía la costumbre natural de las mujeres.

 

Sísara escribió su muerte con los actos violentos a los que sometió al pueblo judío y otras poblaciones aledañas. Dios lo había entregado en manos de Barac, pero el acto perverso de Jael, anticipó el juicio y lo dejó fuera de su alcance.

 

Que no pasemos tristemente a la historia por los actos violentos cometidos por nuestra mano y justificados en nuestra indignación.

 

Si alguien nos hizo daño, será Dios quien juzgue y determine la culpabilidad y la pena.

 

No tomemos la justicia de ningún acto por nuestra propia mano, pues la justicia pertenece al Señor.

 

Oremos juntas diciendo:

 

Padre Santo, te reconocemos como el juez justo que juzga nuestra causa.

 

Sabemos que todo lo que nos sucede o que hacemos está puesto delante tuyo y no hay intención alguna que podamos esconder de tí.

 

En este día ponemos ante tí a cada persona que ha procurado hacernos daño de una u otra forma.

 

Te rogamos que hagas justicia entre nosotras y ellos y que en nuestro corazón no abriguemos el rencor, ni el resentimiento o la venganza, sino que podamos ser libres de todo ello.

 

Te pedimos perdón por todas las ocasiones en que hemos hecho daño a otras personas con nuestros comentarios malintencionados.

 

Decidimos perdonar a todas las personas que nos han hecho daño, sea intencionalmente o sin haberlo pretendido, porque entendemos que también nosotras hemos participado de ese mismo error.

 

Guarda nuestro corazón de hacer lo indebido y tomar la justicia por nuestra propia mano, pues la justicia pertenece a tí.

 

Toma la causa de aquellas personas que se hallan desconsoladas por haber sufrido actos violentos en su contra o en contra de quienes aman.

 

Permite que su dolor sea disminuido en la esperanza de que tu pagarás a cada quien según tu misericordia y tu justicia y recompensarás nuestra confianza en tí.

 

Necesitamos ser ejercitados en el perdón, en el amor, en la compasión y en la paciente espera de tu intervención.

 

Gracias Señor por las entidades que creaste para impartir justicia porque entendemos que todas ellas proceden de tu iniciativa.

 

Orienta a las personas que las dirigen para que lo hagan de manera efectiva y pueda ser impartido el orden tuyo.

 

Que aquellas personas que están puestas para crear las leyes, lo hagan con diligencia y respeto por el inocente y no tratando de encubrir los culpables.

 

Juzga Señor a aquellos que se levantan para destruir la fe de tus hijos con comentarios desalentadores, procurando sembrar la duda, y atráelos con amor a tí, tal como lo hiciste con Saulo de Tarso, quien se convirtió en el apóstol Pablo y trajo tanta bendición a tu pueblo.

 

Solo tu puedes transformar las vidas de las personas que viven dañando a las otras como resultado de su propio daño interno.

 

Ponemos delante de tí la vida de nuestros familiares, compañeros y amigos y te rogamos que nos guardes del mal, y nos ayudes a ser un buen ejemplo de integridad para ellos.

 

Te damos gracias por haber puesto tantos ejemplos de vida en tu libro sagrado, en los cuales analizarnos a nosotras mismas.

 

Todo asunto está contenido allí y para todo nos dejaste instrucción y orientación.

 

Te alabamos y te bendecimos por ello.

 

Gracias Padre Santo, Rey Todopoderoso y Justo.

 

Gracias porque si hemos sido nosotras las que incurrimos en el error, contamos con la intervención de nuestro Señor Jesucristo como nuestro abogado defensor y como sustituto de nuestro castigo.

 

Ayúdanos a apartarnos de toda conducta errada, porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, por todos los siglos de los siglos.

 

Amén.