SALMO 112 ORACIÓN PODEROSA PARA NUESTRO AMPARO Y FORTALEZA EN TIEMPOS DIFÍCILES

Dios de nuestro socorro,  acudimos a ti, porque estamos seguros, que tu tienes la última palabra sobre todo asunto que ocurre en esta tierra, así como también sobre nuestras vidas.

Tu eres el único que tienes la respuesta a todo lo que nos agobia y nos aqueja Señor, tú eres nuestro pronto auxilio en el momento de la angustia.  Nos unimos al clamor que expresa el salmo 46 diciendo: Nuestro Dios es como un castillo que nos brinda protección.  

Es posible que todas las puertas se clausuren ante nuestra nariz, es posible que los brazos se cierren y los ojos desvíen la mirada ante nuestra necesidad, pero tu jamás nos cerrarás los tuyos.

Porque tu eres mucho más que un seguro escampadero, donde corremos cuando la vida se complica y no sabemos qué hacer con ella, ni cuando el temor nos acorrala y pareciera que no vemos salida ninguna.

Tu eres el lugar fortificado donde los enemigos de nuestra vida, de nuestra salud, de nuestra armonía, de nuestras relaciones, de nuestra economía, de todo nuestro ser, amenazan con embestirnos y aniquilarnos.

Queremos permanecer habitando en tu presencia y no corriendo a ella, como la última opción en el momento de angustia.

Tu, nuestro Dios siempre nos ayudas cuando estamos en problemas.

Somos conscientes que las plagas, terremotos, desastres naturales, pandemias, enfermedades, violencia y demás, fueron producto de nuestra necedad.   

Que el planeta está respondiendo al daño que le hemos hecho con nuestra pésima administración de sus recursos, pero aún así, tu misericordia se deja ver sobre nosotros.  

Tu nos libras cuando estamos en problemas y nos ayudas en la hora mala, a salir bien librados de ella.

Solamente nuestra especie ha sido abiertamente rebelde a tus preceptos y la tierra ha tenido que sufrir los estragos de nuestro egoísmo, de nuestra inconsciencia y de nuestra maldad.

La creación ha respondido con eventos que nos alertan sobre el daño que le hicimos.

No obstante, Aunque tiemble la tierra y se hundan las montañas hasta el fondo del mar; aunque se levanten grandes olas y sacudan los cerros con violencia, ¡no tendremos miedo!

Porque nosotros hemos reconocido nuestra equivocación y arrepentidos, hemos corregido el rumbo de nuestro mal proceder.

Si aún fueran los conflictos, los temores, las epidemias y la escasez, los que vinieran en nuestra contra para destruirnos, sabemos que tu intervendrás para guardarnos del daño.

Porque hemos sido transformados por tu Santo Espíritu, hemos sido limpiados por la sangre preciosa de Cristo, hemos sido adoptados como tus hijos y como embajadores del reino de los cielos.

Un río alegra a los que viven en la ciudad de Dios; sus arroyos llenan de alegría  el templo del Dios altísimo.

Tus aguas nos sacian, nos lavan, nos purifican, nos confortan y nos dan vida.

Así como un día Cristo tuvo sed, colgado en un madero, como muestra de su naturaleza humana, después de haberse deshidratado y haber perdido sangre en cantidad y fue saciado con agua amarga por causa del vinagre, también nosotros recibimos tu palabra y aunque pudiera resultarnos amarga, siempre saciará nuestra sed.

Nos hemos tratado de saciar con lo que para nosotros resultaba agradable, pero nunca fue posible hacerlo, porque la sed de nuestras almas sólo puede ser saciada a través de tu consejo y participación.

Tenemos sed de justicia y sólo tu tienes el poder de administrarla con total equidad, porque conoces las intenciones del corazón.

Tenemos sed de amor y tu eres la fuente inagotable del más puro  y genuino amor, que no está basado en intereses, sino que se da con entrega total.

Tenemos sed de perdón y tu nos acoges con tu incomprensible gracia y nos aceptas sin señalarnos.

Tenemos sed de sabiduría y tu nos a das sin reproche alguno, abundantemente, porque estás interesado en que paremos de sufrir las consecuencias de nuestras torpezas.

La ciudad de Dios jamás caerá porque Dios habita en ella; Dios mismo vendrá en su ayuda al comenzar el día.

Nos hiciste tu pueblo, nos hiciste ciudadanos de tu reino, nos acogiste y nos diste nueva naturaleza, para que podamos hacer la diferencia en este mundo de caos y oscuridad.

Tu habitas en medio nuestro, tu nos cuidas, tu nos guardas, desde que sale el sol hasta que se oculta, tu mano se deja ver en nuestras vidas.

No hay temor que en medio del día se esparza, ni terror que en la noche se cierna sobre las calles, que pueda intimidarnos, porque tu eres la confianza que nos mantiene seguros en medio de toda circunstancia.

Cuando Dios deja oír su voz, se asustan las naciones, se tambalean los reinos y se estremece la tierra.

Que sean las enfermedades las que teman delante tuyo, que sea la violencia la que se espante ante el resplandor de tu paz, que sean los virus, las pandemias, las tragedias, las que huyan ante el sonido de tus pasos viniendo a rescatarnos.

Con nosotros está el Dios del universo; él es Dios de nuestro pueblo, ¡él es nuestro refugio!

Con nosotros está el único que puede librarnos de lo que sea que se levante en nuestra contra.

No vamos a dejarnos intimidar por ningún anuncio atemorizante, vamos a confiar en tí, vamos a tomar las precauciones que como sabios debemos tomar, pero no vamos a albergar ningún temor en nuestro corazón.

¡Vengan, vengan a ver las grandes maravillas que Dios ha hecho en toda la tierra!

Todos podemos contar al menos un milagro en nuestras vidas, al menos una hora y un momento en el que tu intervención se hizo evidente y tu misericordia nos guardó, nos proveyó, nos bendijo.

Todos tenemos una evidencia de tu presencia y de tu ayuda, porque hubo hasta momentos donde evitaste que estuviéramos en un lugar, o que tomáramos una decisión que podía traernos graves consecuencias.

Todos tuvimos un momento de angustia en la que sentimos tu compañía y una necesidad en la que vimos tu respuesta.

Porque hasta en los lugares más lejanos les puso fin a las guerras; destrozó arcos y lanzas, y echó al fuego los escudos.

Tus planes de paz han recorrido la tierra, Señor, y fuimos nosotros quienes no los hemos aceptado para darles curso.

¡Qué diferente sería la tierra si nosotros atendiéramos con diligencia tu consejo!

Tu nos aclaraste: «¡Todas las naciones del mundo reconocen mi grandeza! ¡Reconózcanme como su Dios y ya no se peleen!»

Es por causa del deseo de poder, que  desatamos tanta maldad, en contra unos de los otros. Es por nuestras ansias de recibir el reconocimiento, de sentirnos grandes, que la humanidad se ha visto enfrentada a sus más grandes pérdidas.

Pero aquellos que hemos sido llamados conforme a su propósito, quienes somos sus hijos,  podemos afirmar con confianza que con nosotros está el Dios del universo; él es Dios de nuestro pueblo, ¡él es nuestro refugio!

No hay porque correr, si estamos bajo tu cobertura y tu, Padre nuestro, nos brindas protección.

Nada en lo absoluto puede separarnos de tu amor, nada en lo más mínimo, ni con gran poder, puede conmocionar nuestro corazón y llenarnos de temor, si sabemos que tu peleas por nosotros.

Permanecemos bajo tu cuidado, confiados y seguros, sabiendo que tenemos aún, muchas historias por escribir juntos.

Porque tu eres el más excelente Rey, el más precioso de todos, el más poderoso que existe, nuestro buen Padre.

Te alabamos y te bendecimos, 

En Cristo Jesús, Señor nuestro,

Amén.

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