Dios mío, tú no te fijas en las cualidades que la gente ve. La gente sólo presta atención al aspecto de las personas, pero tu ves su corazón.  Por eso constantemente te ruego que me des claridad sobre el mío.

 

Aunque tiempo atrás tuve un corazón de piedra, tu me lo cambiaste por completo y me diste nueva vida.  

 

Tu cambiaste mi manera de pensar y arrancaste de mi corazón la terquedad, para sembrar en  él, lealtad y obediencia.  Pusiste tu Espíritu dentro de mí, para que me fuera sencillo obedecer tus mandamientos.

 

Aunque tiempo atrás las ofensas me rompieron el corazón; y dije: ¡estoy sin ánimo y sin fuerzas! Tu viniste para darme fortaleza en medio de mi debilidad y a sanar las heridas que había recibido.

 

Inútilmente busqué quien me consolara y se compadeciera de mí, pero únicamente tú, tenías la respuesta exacta a mi necesidad.

 

Hay quienes buscan su identidad en lo que hacen, en lo que poseen o en lo que saben, pero yo la busco en tí, porque sólo tú sabes quien realmente soy.

 

La visión humana es distorsionada pero tú estableciste mi verdadero valor personal, fui tan valioso ante tus ojos que me escogiste para hacer parte de tu reino y enviaste a Jesucristo para adoptarme como tu hijo, pues así lo habías pensado hacer desde el principio.

 

Has estimado mi valor como el oro, me has hecho parte de tu personal tesoro.

 

Me has amado tanto que tu mismo hijo pagó el precio máximo por mí muriendo voluntariamente en la cruz por mis pecados, él pagó el castigo por ellos.  “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”. 

 

Mi  verdadero valor no se basa en algo que haya hecho o que haré, sino en el inmenso amor que decidiste ofrecerme Padre.

 

Soy tan importante para tí, que hasta llevas la cuenta de todos mis cabellos.  Por eso no tengo miedo.  Estoy bajo tu cuidado y supervisión.

 

He entendido que soy valioso porque fuiste tu quien me dió el verdadero valor.   Mis opiniones son dignas de tener en cuenta, porque están orientadas por tu Espíritu, soy una persona digna de confianza, que sabe respetar a su prójimo y guardar su vida dentro de los límites  saludables para mi vida espiritual y mi propósito.    

 

No guardo orgullo o prepotencia en mi corazón, sino que me considero a mí mismo como un seguidor de Cristo, que procura con diligencia agradarte Señor.

 

No me creo mejor de lo que realmente soy. Más bien, me veo como igual a mi hermano, como un inmerecedor pecador, que ha sido redimido al más alto costo.

 

Te alabo porque me has rodeado de respeto y buena opinión que son más importantes que el oro o la plata.  Pero principalmente, porque rompiste todo concepto errado y toda visión borrosa acerca de mi identidad, para revelarme al corazón, quien realmente soy en ti.

Te amo Señor, no existen palabras suficientes para expresar lo que por tí siento.

 

En Jesucristo, mi referente de vida

 

Amén.

Leave a comment