¡Te agradecemos Señor, la inmensa paciencia y el gran amor que dieron oídos sordos a tanta torpeza!. 

 

Nuestra fe ha sido puesta en entredicho por los que no creen, nuestra confianza en tu bondad ha sido puesta hasta por nosotros, cuando ponemos la vista en las circunstancias, pero tu permaneces siendo igualmente bueno e igualmente fiel.

 

Pero digan lo que digan, fuiste tú quien me hizo nacer; fuiste tú quien me hizo descansar en los brazos de mi madre.  Es gracias a ti, que recibimos la vida natural y que accedemos a la vida espiritual.

 

No hemos nacido por voluntad humana, sino por designio tuyo Señor y eso nos llena el corazón de alegría.  

 

Todavía no había nacido yo, cuando tú ya me cuidabas. Aún estaba yo dentro de mi madre, cuando tú ya eras mi Dios. 

 

Tus atenciones para con nosotros iniciaron en el momento mismo de nuestra concepción.  Desde ese momento mismo, tu ya nos guardabas y te preocupabas por nuestro bienestar.

 

¡No me dejes solo! ¡Me encuentro muy angustiado, y nadie me brinda su ayuda!       Me rodean mis enemigos, parecen toros bravos de Basán. Parecen leones feroces,      que se lanzan contra mí con ganas de despedazarme. —prosigue el salmo.

 

Me he quedado sin fuerzas, ¡estoy totalmente deshecho! ¡Mi corazón ha quedado como cera derretida! Tengo reseca la garganta, y pegada la lengua al paladar;      me dejaste tirado en el suelo, como si ya estuviera muerto. 

 

Una banda de malvados, que parece manada de perros, me rodea por todos lados 

y me desgarra pies y manos, ¡hasta puedo verme los huesos! 

 

Mis enemigos me vigilan sin cesar, hicieron un sorteo para ver quién se queda con mi ropa. Con esas desgarradoras palabras, anunciaba que nuestro Jesús se hallaba lejos de todo auxilio posible.

 

Quedó a expensas del total rechazo; rompieron su cuerpo, sus emociones, despojándolo de todo, incluso, de su dignidad, para que a través de todo ello, nosotros recibiéramos la cobertura que nos dignifica.

 

Fue expuesto al sufrimiento más extremo que cualquier ser podría padecer, pero aún en medio de ellas, estuvo su voz dispuesta a alabar, pues a través de los cánticos estaba expresando tu grandeza Padre y anunciando la segura victoria.

 

Se gozaba en medio del dolor para enseñarnos, que es posible anunciar tus maravillas, en medio del mayor padecimiento, porque con ello dejamos en claro, que nuestra confianza está puesta en tí.

 

Por eso cantó también: Dios mío, tú eres mi apoyo, ¡no me dejes! ¡Ven pronto en mi ayuda! ¡Respóndeme, sálvame la vida! ¡No dejes que me maten! ¡No dejes que me despedacen!  

 

Mis enemigos parecen perros, parecen toros que quieren atacarme, parecen leones que quieren devorarme. Cuando mi pueblo se junte para adorarte en el templo, yo les hablaré de ti, y te cantaré alabanzas. 

 

Ustedes, pueblo de Israel, que saben honrar a Dios, ¡reconozcan su poder y adórenlo! Dios recibe a los pobres con los brazos abiertos. Dios no les vuelve la espalda, sino que atiende sus ruegos. 

 

Proclamando así, las bendiciones que habían pasado a nuestras manos, gracias a su sacrificio y pese a haber afrontado, su momento más grande de angustia.

 

Por eso, nosotros, conscientes de ello, podemos cantar con David y proclamar a viva voz con Jesucristo: 

 

Dios mío, sólo a ti te alabaré; te cumpliré mis promesas  cuando el pueblo que te honra se reúna para alabarte. Los pobres comerán y quedarán satisfechos; los que te buscan, Dios mío, te cantarán alabanzas. ¡Dales larga vida! 

 

Dios mío, desde países lejanos, todas las tribus y naciones se acordarán de ti y vendrán a adorarte. Tú eres rey y gobiernas a todas las naciones. Nadie es dueño de su vida. Por eso los que habitan este mundo, y los que están a punto de morir       se inclinarán ante ti, y harán fiestas en tu honor. 

 

Mis hijos te rendirán culto; las generaciones futuras te alabarán, y los que nacerán después sabrán que tú eres justo y que haces grandes maravillas.

 

¡Qué hermosa melodía de amor y bendiciones nos entregaste en la vida de Cristo!  Queremos siempre tenerla presente de modo que nuestro lamento se convierta en alegría.

 

En Cristo Jesús

 

Amén

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