Mi Señor y Dios, yo quiero alabarte siempre con todo el corazón.  Tanto me amas que no me dejas morir.   

En estos tiempos en que las enfermedades abundan, la violencia cobra la vida de tantos y la angustia corre por las calles, tú guardas mi vida y me pones a salvo, debajo de tus alas.

Tú me escondes en el hueco de tu mano y guardas mi integridad en lo fortificado de tu morada, de modo que ninguna artimaña de las tinieblas pueda dañarme, ni la muerte pueda alcanzarme.

Dios mío, una banda de asesinos que presume de su maldad me ataca y quiere matarme.  No quieren nada contigo.  Pero tú, mi Dios, eres bondadoso y compasivo; no te enojas fácilmente, y tu amor es siempre el mismo. 

Aunque en esta tierra haya quienes piensen de continuo en el mal y se presten para concretar los planes de las tinieblas, ninguno de ellos podrá lograr su propósito, porque tú me proteges de los violentos y me cuidas de todos los que se levantan en mi contra para intentar dañarme.

Tu bondad sobre mí es la cobertura que impide que sus planes se concreten, porque tu me llamaste para ser tu servidor, para vivir como tu hijo y para reflejar la naturaleza de Cristo, por lo tanto, nadie en lo absoluto, podrá arrebatar lo que te pertenece.

Tus pensamientos de bien acerca de mí, así como tu determinación por bendecirme son inquebrantables.  

Tú eres siempre el mismo, no desistes, no te cansas, no te rindes, no cambias de opinión, aún cuando yo pueda equivocarme, porque tu estás dispuesto a restaurarme con tu inmensa misericordia y gracia.

Dirige a mí tu mirada y tenme compasión. Soy tu servidor más humilde, ¡concédeme tu fuerza y ven a salvarme!  Haz que mi vida refleje lo bueno que eres tú. Quedarán en ridículo mis enemigos cuando vean que tú me das ayuda y consuelo.

Sin duda alguna muchos verán tu bondad sobre mi vida y se alegrarán, otros la verán y se llenarán de envidia.

Pero yo seguiré siendo un testimonio vivo de tu grandeza, de tu amor, de tu compasión y de tu perdón, porque así te ha placido Señor.

En el nombre glorioso de Cristo, mi redentor.

Amén y amén.